Matar a la Reina. Angy Skay

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Matar a la Reina - Angy Skay Diamante Rojo

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creo que no le ha sentado muy bien.

      Bufé, agarré el brazo de Eli y la metí dentro. Antes de cerrar, me cercioré de que nadie del local se percatara de que era yo. Además, tampoco me habían visto nunca con las gafas, por lo tanto, ni se lo plantearían, pero a Eli sí la conocían.

      —¿Has visto cómo está la puerta de gente? —le espeté con gesto hosco.

      —Sí, ¿qué pasa?

      —¡¿Cómo se te ocurre venir?!

      —No lo pensé. Vístete rápido, o vas a tener a la policía en menos que canta un gallo, como tú dices, en el local.

      —¿Qué cojones pasa? —Me puse alerta.

      Mientras escuchaba lo que me decía, me vestí y terminé de adecentarme para poder salir a la calle. Llegué al club en menos de lo que esperaba y entré como un toro en uno de los privados del local, donde se encontraba Tiziano. Antes de abrir las cortinas rojas, observé que la pista de baile estaba a reventar, y busqué con la mirada a Ryan o a Desi, pero no tuve éxito.

      —Busca a Ryan o a Desi. No quiero tener problemas esta noche. Bastante tenemos ya con el asesinato de Manel como para que nos caiga un marrón innecesario.

      —Tienes que empezar a controlar a ese italiano —me sugirió.

      —Lo haré —sentencié.

      Arrastré con fuerza las cortinas y me encontré con una imagen un tanto asquerosa. Un muchacho joven estaba encima de la mesa baja que había delante de los sillones de terciopelo rojo y, alrededor de él, Tiziano y tres de sus hombres estaban torturando al chico.

      —Veremos, ragazzo1, si hablas.

      Tiziano elevó un cuchillo que llevaba en la mano derecha y le cortó uno de los meñiques al chaval, quien soltó un grito desgarrador, helándome la sangre. Carraspeé al darme cuenta de que no se había percatado de mi presencia. El italiano elevó los ojos para inspeccionarme de forma descarada, como siempre hacía.

      —Bella2

      Alzó sus manos llenas de sangre a la vez que se acercaba a mí. Retrocedí un paso atrás y él se miró.

      —¡Oh!, perdóname, ahora mismo te abrazo.

      Se dio la vuelta y, antes de que pudiera salir al aseo más cercano, agarré su hombro.

      —Tiziano, no quiero escándalos en el club. ¿Has terminado? —le pregunté con seriedad.

      Me analizó con suma perspicacia, dándose cuenta de mi tono irritado. Miré sus exorbitantes ojos color miel, y pude entrever que su pelo castaño había tomado unos reflejos rubios que le quedaban de maravilla rejuntados en una coleta que agarraba en la parte trasera de su cabeza. Estaba algo más recio, y su tez lucía tan morena como de costumbre. Desde mi posición, elevé de nuevo los ojos y lo miré, dándole gracias al mundo por hacerme lo suficientemente alta. De lo contrario, en lo que llevaba de día, ya habría tenido que ponerme un collarín.

      —Este caprone3 me debe mucho dinero. ¡Dice que no lo tiene!

      Su acento italiano me encantaba, y no podía evitar quedarme embobada contemplándolo cuando sus carnosos labios se pronunciaban. Era tan atractivo que casi parecía imposible no deshacerse teniéndolo cerca.

      —Entiendo tu enfado, pero debes comprender que no puedes montar una carnicería aquí —añadí con tono firme pero relajado.

      Tras juntar sus labios en una mueca, asintió. Eli accedió al interior en el momento en el que él me observaba con ojos cargados de promesas lascivas.

      —¡¿Todavía estamos así?! —renegó.

      —Oh, mamma mia4! Esta amiga tuya es muy quejica. —La señaló con el cuchillo.

      —¡No me apuntes con eso! —Bufó, con el mal humor que de vez en cuando sacaba.

      Los hombres de Tiziano dieron un paso para acercase a su jefe, pero él los detuvo con la mano para que no hicieran nada.

      —Tranquilos, es una fiera indomable, pero no muerde. —Sonrió como un sinvergüenza a la vez que hacía como si le diese un mordisco.

      Eli lo fulminó con la mirada, y decidí dar por zanjado el asunto:

      —Tiziano, que tus hombres saquen al chico de este privado. Eli, llama al servicio de limpieza y que dejen esto impoluto.

      —¿Y dónde acabo mi trabajo? —me preguntó con pesadez.

      —Vete a tu casa a terminarlo, italiano —le contestó Eli por mí.

      La miré con mala cara y él hizo lo mismo.

      —Vamos, te llevaré a mi sala particular para que puedas despellejarlo si es lo que quieres.

      Eli me contempló con sorpresa por mis palabras, ya que esperaba que lo hubiese sacado a patadas a la calle.

      Avanzamos por el local cuando Ryan llegó, sin que nadie reparara lo suficiente en nosotros, y a lo lejos vi que el inspector Barranco se encontraba en la barra.

      —Joder… —murmuré.

      —¿Pasa algo? —se interesó Ryan al ver mi cara.

      —La pasma está en el local. Avisa a los de seguridad y revisa todos los reservados. No quiero líos.

      Tiziano escuchó lo que le dije a mi guardaespaldas. Asintió y le indicó a uno de sus hombres la dirección que yo misma le entregaba en un papel.

      —Es una nave abandonada en el extrarradio de Barcelona. Nadie lo buscará allí.

      Con un simple movimiento de cabeza, los hombres del italiano desaparecieron, dejándome sola con él y Ryan.

      —Encárgate de que no quede ni una puta marca en el reservado. ¡Vamos, vete! —lo apremié.

      Contemplé a Tiziano retorcer la nariz en señal de disconformidad por tener a la policía en el club. Se adelantó unos pasos cuando me quedé apoyada en la barandilla de la segunda planta, analizando todos los movimientos que el inspector hacía.

      Observar.

      Sin duda, ese era su cometido.

      —Espero no causarte problemas. De ser así, los solucionaré —me prometió.

      —No te preocupes, sé apañármelas.

      Asintió sin decir nada más. Le indiqué dónde estaba mi despacho y me excusé un momento. Tenía que bajar para saber qué cojones hacía ese cabrón en mi local. Contemplé el prieto trasero de Tiziano mientras se alejaba y noté que se me secaba la garganta.

      —No sé por qué no te lo has follado ya. —La voz de Eli a mi lado me hizo reír.

      —Mi abuela dice que donde tengas la olla…

      —No metas

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