90 millas hasta el paraíso. Vladímir Eranosián
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Pero la voz proveniente de la subconsciencia en ese mismo instante quedó callada. Eliz puso cuidadosamente el abalorio en su sitio y cerró el cajoncito.
… El teniente Murillo, que había dejado a Baño en el coche interceptó a Lázaro en la esquina y se llevó el dinero junto con el brazalete sin actas ni protocolos.
– ¿Aquí hay trescientos? – Frunció las cejas el policía largo de uñas – no voy a recontarlos. Dispones los cinco días para anular la parte restante. ¿Un brazalete y esto qué es? La ropa interior… Se los devolveré hoy mismo a los agredidos. Lo principal es que no te pongas a comentarlo. Lo de los alemanes, creo, que hasta mañana por la noche, todo estará arreglado, así como la coartada tuya también. Punto final, estás libre… Hasta mañana. ¿Espero que la videocámara esté en buen estado?
Murillo abrió las esposas y Lázaro se lanzó a correr de ese lugar.
– Ahora estamos pagados. Ambos hemos cortado dos de a veinte convertibles – hizo un guiño pícaro Manuel a Esteban.
– Tu ganancia será mayor que la mía, amigo – le insinuó el sargento a la picardía de su socio.
Murillo se salió de sus casillas:
– ¡¿Qué tienes en cuenta?!
– ¡Piénsalo! ¡Crees que no he visto como, aún estando en “¡La Rumba”, le arrancaste a él diez pesos convertibles! Eso sería que del ex barman recibiste treinta pesos y no veinte. ¡Me da igual, lo único que yo no quiero es que me tomes por un papanatas! ¡No soy un fracasado total!
– ¡Vete a…! – escupió por la ventanilla el teniente, ya estando tranquilo. Baño podía contemplar solamente la punta del “iceberg”, lo mínimo del asuntillo que hoy pudo arreglar Helado.
Los reveses de la vida. Lo que pudo ver Mendoza, resultó ser bastante para que en un futuro no lejano, cuando los agentes de seguridad empezaran la investigación acerca de un asunto completamente diferente, en el cual también figuraba Lázaro Muñero García, acusar al teniente Murillo en actos de corrupción:
– No conocía visualmente a Muñero. Mientras que el teniente Murillo lo conocía ya que efectuaba la instrucción. Él sabía que aquel sospechaba en el robo de los turistas alemanes y lo soltó por treinta pesos. Se vendió por treinta monedas de plata, Judá. Los colegas del departamento no dudaban que Murillo y Mendoza valían el uno como el otro. Haciendo recordar una tarifa entera de apodos de los dos “compañeros inseparables”, definieron unánimemente para evaluar la situación de la manera más oportuna posible, echando una broma muy precisa y certera en el vestuario:
– Baño, por fin, defecó… ¡Era helado!
* * *
Huir… Huir. Y cuanto antes, mejor. En este país maldito desde la infancia lo único que hacían era humillarle, expulsándolo de una de las escuelas, o de otra mientras que él simplemente defendía su opinión, como podía…
No importa que el casco sea viejo y el motor estuviera en las últimas. Hasta Florida hay 90 millas. Las pasaremos cueste lo que cueste…
Para la travesía se alistaron siete clientes de pago. Dinero en vivo. Podemos llevarnos a la madre recién recuperada del infarto, al padre y el hermano. Sería bueno si lleváramos a la criatura. Magnífica idea. Correcto. Aunque sea para hacerle una faena a Dayana y a su madraza cizañera, a doña Regla. Nunca lo respetaba, no lo consideraba ser un digno partido para su hijita. Procuraba encontrar algún nomenclador alisado de la Unión de Jóvenes Comunistas. Le tildaba de ignorante y desafortunado. Por ella todo se fue al garete lo de Dayana, la muchacha terca, que nunca se escaparía de la tutela de su madraza.
La chica no estaba en casa. Su madre, vieja quisquillosa, no quiso dar a Lázaro el pequeñuelo Javier Alejandro. ¡Qué es lo que se está permitiendo! ¡Es su criatura! Oh, si en casa, en vez de la señora, hubiera estado solamente el padre de Dayana, don Oseguera, entonces, Lázaro habría podido realizar lo ideado, el viejo Lorenzo era un inocentón, y sería muy fácil engañar a tal dominguejo.
Ya no había tiempo para organizar el secuestro del bebé. Doña Regla sospechó algo. ¡Una bruja sagaz! No obstante, Lázaro no parecía estar muy disgustado, ya que hurtar a su propia criatura era para él una tarea secundaria. El hecho de que, al finalizar exitosamente la travesía, el pequeñuelo Javier podía ser para él en los EE.UU. un agobio, tranquilizó la flagelación de Lázaro por este intento fracasado de un engaño “justo”.
El teniente Manuel Murillo, su vigilante avaro, lo seguía persiguiendo. Lázaro no tenía la intención de volver a cruzarse con él en esta vida pecadora y, más aún, no tenía ni el menor deseo de pagarle un tributo eterno.
El aventurero quemaba las naves. Aquí no tenía nada que perder. Para él la isla de la Libertad podía convertirse solamente en una cárcel.
Desde la infancia él era el más fuerte entre todos sus coetáneos, pero ellos con su espíritu gregario y colectivismo siempre se unían contra él, o, en vista de su debilidad, se quejaban a los maestros. Y si él juntaba entorno suyo a muchachos, los cuales reconocían su liderazgo incondicional y su autoridad innegable – lo clasificaban como delincuente y casi siempre conllevaba acabar expulsado del colegio.
Siempre había motivo alguno para actuar así. Es que él era una persona de acciones. Si a algún escolar lo han herido con una lezna, si a alguna alumna de los grados superiores le rompían la nariz o han tirado por el patio del colegio latas con excrementos, ya no había que dudar que esto sería asunto de manos de Lázaro y sus amigos.
Tales como él conquistan América. Porque actúan sin volver la cabeza atrás. Prosperando en los EE.UU., se vengará del sistema que lo ha rechazado…
No le dejaba en paz el problema principal, había que persuadir a su amante. Sin ella, más exactamente dicho, sin sus parientes forrados serían muy penosos los primeros días de estancia allí.
– Lo tengo todo preparado. ¡Ya mañana tú y Eliancito estarán en el paraíso! – no admitía objeciones Lázaro, impidiendo a la mujer a tomar la decisión, su decisión, en la casa de los padres.
– No me dispongo a irme a ningún lado – no lo admitía Eliz.
La artillería pesada de argumentos a favor de partir inmediatamente de modo inesperado tronó los labios de la madre canosa de Lázaro, doña María Elena, mujer imperiosa y locuaz, la cual intervino en la conversación de los amantes muy a propósito para Lázaro, que iba perdiendo la paciencia.
– Chica mía – se puso a arrullar doña María Elena – mi hijo te ama a ti. Si no fuera así, no habría vuelto de Miami. Vino, arriesgando su vida y la libertad, solamente por ti. Te necesita…
– Fíjate – se enfureció Lázaro – si no les va a gustar, no será nada difícil para mí hacer volver a los dos. ¡Esto es coser y cantar!
– Qué significa que no te va a gustar – intercaló estas palabras la madre aliada – allí no puede ser que no te agrade. Eliz, mi chico sabe cómo ganar dinero. Ya consiguió siete mil dólares. Lo que aquí es ilegal en aquel país es normal y admisible. Podrás ayudar a tu familia como esta merece.
Elizabeth permanecía callada. De repente, al haber recordado a Juan Miguel, pronunció:
– Para