Años de mentiras. Mayte Esteban
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—¿Él es tu abuelo? —se atrevió a preguntar.
—No, no es mi abuelo. Escucha. Lo que te voy a contar deberás guardártelo, considéralo parte del trato que te ha planteado mi abuela. Sé que te ha dicho que te devolverá la novela con correcciones cuando cumplas tu parte, cuando escribas lo que necesitamos, pero entiendo que te estés haciendo muchas preguntas. Algunas las contestaré, otras… llegado el momento las irás averiguando tú solo.
Daniel se frotó la cara con las palmas de las manos. Tenía la sensación de que se había tropezado con dos locas. Su trabajo, casi más que esa novela de la que él mismo no esperaba nada, pendía de un hilo y aunque solo fuera por eso debería mantener la calma. No corrían tiempos fáciles para quedarse en el paro en un país con varios millones de personas en esa situación, con deudas que superaban con creces lo que sus miserables ahorros podían cubrir. Estaba atrapado y lo sabía.
—Mi abuela es dueña del cincuenta y uno por ciento del Grupo Editorial Vimar, donde trabajas —dijo Beatriz—. Era la dueña de la pequeña editorial con la que publicó Novoa El hombre inconstante y esa novela, los beneficios que generó, fueron el motor de arranque que necesitaba para convertirse en el grupo actual. Pero, lo sabes, ahora las cosas no van bien. Internet se ha cargado gran parte del negocio. Mucha gente ha dejado de comprar periódicos y revistas porque tienen lo mismo buceando por la red. Y gratis. ¿Para qué pagar si puedes llegar a lo mismo desde el teléfono, sin gastar un euro? El grupo se tambalea, hace siglos que no tenemos una novela que cubra los gastos de otras.
—Publicáis a famosos y esas novelas se venden muy bien —dijo él, muy serio.
—Lo sé. Es la opción más inteligente, porque dan dinero, porque sanean nuestras cuentas y nos mantienen, aunque tengamos que escuchar a diario que son una ofensa a la literatura —dijo Beatriz.
—Lo son.
—No, Durán, no te equivoques. La ofensa no son esos libros, la ofensa a la literatura viene de quienes los compran, dejando de lado a otros con mucha más calidad que se mueren por el camino, sin lograr agotar una primera edición, aunque dentro escondan historias maravillosas. Pero yo, como responsable de esto, a la ofensa le doy una patada y los publico porque hacen que cuadren mis cuentas a final de año.
—Pero, si tienes esos libros, ¿para qué me necesitas?
—Porque mi abuela dice que Novoa tiene una novela y nos está haciendo falta para salvar este tiempo… con más tranquilidad. Necesito un best seller de los que revientan ventas y lo necesito ya. Nos podemos equivocar, ese es un riesgo que estoy dispuesta a correr. Sea el libro como sea, siendo de Novoa venderá. La base está ahí y solo hace falta darle forma. Ahí es donde entras tú. Según mi abuela, él ya no se ve capaz.
—Yo no soy Novoa —dijo Daniel, furioso.
—Pero lo parecerás. Siempre pareces otra persona, quien te propongas. ¿Por qué no podrías hacerlo con Alejo Novoa?
—¡Porque es un maldito genio! —gritó Daniel, elevando su voz tanto que varios de los clientes del bar se volvieron a mirarlos.
Beatriz bufó. Esperaba que Daniel le dijera algo así, ella misma lo pensaba, pero la situación en la que se encontraba no le permitía racionalizar todo hasta el punto de rendirse antes de empezar. La desesperación encuentra caminos vetados para la razón, se lo había escuchado alguna vez a su abuela, y lo estaba aplicando a pies juntillas.
—¿Has escrito lo que te pidió Elsa? —le preguntó.
Si dejaba que Durán siguiera mostrándole que aquello era una locura acabaría convenciéndola y no se lo podía permitir.
—Veo que habláis mucho tu abuela y tú. He escrito algo, sí.
—¿Puedo verlo? —preguntó Beatriz.
—No, está en mi casa, ni siquiera lo he revisado.
—Llévaselo a ella.
—¿Y si no es lo que esperáis?
«Que es lo más probable», pensó ella, pero no se permitió exponer el pensamiento en voz alta.
—Si no lo es, te devolveré tu novela y nos olvidaremos del tema.
—Beatriz, sabes que puedo contar esto y quedaríais muy mal. Vais a estafar a los lectores, no será Novoa quien escriba la novela.
—No lo vas a contar —dijo ella muy segura—. Recuerda que tienes una hipoteca que saldar y lo que les pasaría a tus padres si no cumples. Y ahora me marcho. Pagaré esto antes de salir.
—No te molestes, ya lo hago yo.
—Insisto. No faltes a la cita con Elsa. Y lleva la segunda pregunta.
Salió del bar sin darle más opción a que removiera sus propias dudas. En un instante, Beatriz se volvió. Daniel, al otro lado de la cristalera del bar, apoyaba los codos en las rodillas y tenía las manos hundidas en su pelo. El cabello, un poco más largo de lo que decía la moda del momento, se deslizaba en mechones entre sus dedos y la barba descuidada le daba un aspecto atormentado. Diferente. Un atractivo entre salvaje y misterioso. Se giró antes de que él levantase la cabeza y la siguiera a ella con la mirada.
Al poco, Daniel recogió su abrigo y volvió andando a casa.
Pasaba más de media hora de las nueve de ese lunes y Daniel seguía sentado en la cocina de Elsa. Ella le había pedido que la disculpase unos momentos, pero los minutos se sucedían y no daba señales de vida, así que se empezó a impacientar. Aunque supiera que no era lo más correcto, había decidido levantarse de la silla y entrar en el cuarto cerrado. O llamar primero, eso todavía lo estaba pensando cuando atravesó la puerta de la cocina en dirección al pasillo.
—¡Por Dios, Daniel! ¡Qué susto me has dado! —dijo Elsa. Volvía tan silenciosa que él no la escuchó hasta que sus cuerpos toparon—. Ten cuidado, no me vaya a dar un infarto. Estoy muy mayor para sobresaltos.
—Perdón. Necesito ir al baño. ¿Sería posible?
—Claro, lo tienes ahí —dijo señalándole la habitación—. Cuando vuelvas empezamos, ¿sí?
Daniel entró en el baño. No tenía necesidad de usarlo, pero lo hizo más por disimular delante de ella su curiosidad que por otra cosa. Cuando terminó, se lavó las manos. Aprovechó para echar un vistazo, sin tocar nada, a los enseres que había en él. En la encimera se alineaban cremas hidratantes, jabón de manos y un perfume. Se fijó también en que había un solo juego de toallas de baño y del perchero instalado en la puerta pendía un albornoz blanco con remates en las mangas en tono rosa. Aquel cuarto hablaba de una casa habitada por una mujer o al menos que esa habitación solo la usaba alguien de ese sexo. Elsa, como era de suponer. Ni rastro de un objeto que pudiera dar pistas sobre más personas viviendo allí y, desde luego, ninguno de género masculino. Novoa, si era cierto como pensaba que ocupaba el cuarto cerrado, tenía que tener acceso a un baño propio desde él, razonó.
Regresó a la cocina y en ella encontró a Elsa frente a la vitrocerámica, removiendo una sopa. El olor de las verduras con carne inundaba