El libro de las mil noches y una noche. Anonimo
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"Y entonces fué cuando el rey Afridonios discurrió enviar embajadores a tu padre con ricos presentes, y hacerle creer que estaba en guerra contra nosotros, y pedirle socorro.
Pero en realidad era para hacerte caer a ti, ¡oh Scharkán! y a tus diez mil jinetes en una emboscada.
"En cuanto a las tres gemas maravillosas poseedoras de tantas virtudes, existen realmente. Eran propiedad de Safía, y cayeron en manos de los piratas, y después en las de mi padre, que me las regaló. Y yo las tengo, y ya te las enseñaré. Pero por ahora lo más importante es que busques a tus jinetes y emprendas con ellos el camino de Bagdad, antes de caer en las redes del rey de Constantinia y antes de que os incomuniquen por completo".
Al oír Scharkán estas palabras, cogió la mano de Abrizia y se la llevó a los labios. Y después dijo: "¡Loor a Alah y a las criaturas de Alah! ¡Loor al que te ha puesto en mi camino, para que seas causa de mi salvación y de la salvación de mis compañeros! Pero ¡oh deliciosa y caritativa reina! Yo no puedo separarme de ti después de cuanto ha pasado, y no permitiré que te quedes aquí sola, pues no sé lo que te puede ocurrir. ¡Ven, Abriza, vamos a Bagdad, donde estarás segura".
Pero Abriza, que había tenido tiempo para reflexionar, le dijo: "¡Oh Scharkán! date prisa a marcharte. Apodérate de los enviados del rey Afridonios, que están en tus tiendas, oblígalos a confesar la verdad, y de este modo comprobarás mis palabras. Yo te alcanzaré antes de que hayan pasado tres días, y entraremos juntos en Bagdad".
Después se levantó, se acercó a él, le cogió la cabeza con ambas manos, y le besó.
Y Scharkán hizo lo mismo.
Y la reina lloraba lágrimas abundantes.
Y su llanto era capaz de derretir las piedras.
Scharkán, al ver llorar aquellos ojos, se enterneció más todavía, y llorando recitó estas dos estrofas: ¡Me despedí de ella, y mi mano derecha enjugaba mis lágrimas, mientras que mi mano izquierda rodeaba su cuello!
Y me dijo, medrosa: "¿No temes comprometerte ante las mujeres de mi tribu?" Y le dije: "¡No lo temo! ¿Acaso el día de la despedida no es el de la traición de los enamorados?"
Y Scharkán se separó de Abriza, y salió del monasterio. Montó de nuevo en su corcel, cuyas bridas sujetaban dos jóvenes, y se fué.
Pasó el puente de cadenas de acero, se internó entre los árboles de la selva, y acabó por llegar al claro situado en medio del bosque. Y apenas había llegado, vió tres jinetes frente a él, que habían detenido bruscamente el galopar de sus caballos. Y Scharkán sacó su rutilante espada, y se cubrió con ella, dispuesto al choque. Pero súbitamente los conoció y le reconocieron, pues los tres jinetes eran el visir Dandán y los dos emires principales de su séquito.
Entonces los tres jinetes se apearon rápidamente, y desearon respetuosamente la paz al príncipe Scharkán, y le expresaron toda la angustia que por su ausencia había sentido el ejército. Y Scharkán les contó la historia con todos sus detalles, desde el principio hasta el fin, y la próxima llegada de la reina Abriza, y la traición proyectada por los embajadores de Afridonios.
Y les dijo: "Es probable que se hayan aprovechado de vuestra ausencia para escaparse y avisar a su rey. Y ¡quién sabe si el ejército enemigo habrá destruido al nuestro! ¡Corramos, pues, junto a nuestros soldados!"
Al galope de sus caballos llegaron al valle donde estaban las tiendas. Y allí reinaba la tranquilidad, pero los embajadores habían desaparecido. Se levantó apresuradamente el campo, partieron para Bagdad, y al cabo de algunos días llegaron a las fronteras, donde ya estaban seguros. Y todos los habitantes de aquellas comarcas se apresuraron a llevarles provisiones para ellos y víveres para los caballos. Y descansaron un poco, y luego reanudaron la marcha. Pero Scharkán confió la dirección de la vanguardia al visir Dandán, y se quedó en la retaguardia con cien jinetes, que escogió uno por uno entre lo más selecto de todos los jinetes. Y dejó que el ejército se le adelantara todo un día. y después se puso en marcha con cien guerreros.
Y cuando habían recorrido ya cerca de dos parasanges (Parseks. 1 parsek = 5 Km) acabaron por llegar a un desfiladero muy angosto situado entre dos altísimas montañas. Y apenas habían llegado, vieron que al otro extremo del desfiladero se levantaba una polvareda muy densa. Y esta polvareda avanzaba rápidamente, y cuando se disipó aparecieron cien jinetes, tan intrépidos como leones, que desaparecían bajo las cotas de malla y las viseras de acero.
Y aquellos jinetes, apenas estuvieron al alcance de la voz, gritaron: "¡Apeaos, ¡oh musulmanes! y rendíos a discreción, pues si no, ¡por Mariam y Yuhanna! (María y Jesús) vuestras almas no tardarán en volar de vuestros cuerpos!"
Y Scharkán, al oír estas palabras, vió que el mundo se ocurecía ante su vista. Y dijo, inflamadas sus mejillas y lanzando sus ojos relámpagos de cólera: "¡Oh perros cristianos! ¿Cómo os atrevéis a amenazarnos después de haber tenido la audacia de atravesar nuestras fronteras y pisar nuestro suelo? ¿Pensáis que podréis escapar de entre nuestras manos y volver a vuestro país?"
Dijo, y gritó a sus guerreros: "¡Oh creyentes! ¡Sus a esos perros!"
Y Scharkán fué el primero en arrojarse sobre el enemigo. Entonces los cien jinetes de Scharkán cayeron sobre los cien jinetes afrangí a todo el galopar de sus caballos, y ambas masas de hombres, con corazones más duros que la roca, se mezclaron.
Y los aceros chocaron con los aceros, las espadas con las espadas, y empezaron a llover golpes. Y crepitando los cuerpos se enlazaban con los cuerpos y los caballos se encabritaban para caer pesadamente sobre los caballos, y no se oía otro ruido que el chasquido de las armas y el choque del metal contra el metal. El combate duró hasta la aproximación de la noche. Y sólo entonces se separaron ambos bandos, y pudieron contarse. Scharkán comprobó que no había entre sus hombres ningún herido grave y exclamó:
"¡Oh compañeros! He navegado toda mi vida por el mar de las ruidosas batallas, en que chocan las oleadas de espadas y lanzas; he combatido con muchos héroes, pero no había encontrado hombres tan intrépidos, guerreros tan valerosos ni héroes tan esforzados como estos adversarios".
Y los soldados de Scharkán respondieron:
"¡Oh príncipe Scharkán! tus palabras han dicho la verdad. Pero sabe que el jefe de esos guerreros es el más admirable de todos y el más heroico. Y además, cada vez que uno de nosotros caía entre sus manos, se apartaba para no matarlo, y le dejaba librarse de la muerte".
Al oír estas palabras, se quedó muy perplejo Scharkán, pero después dijo:
"Mañana nos pondremos en fila y los atacaremos así, pues somos ciento contra ciento. ¡Y pediremos la victoria al Señor del Cielo!" Y confiados en esta resolución, se durmieron todos aquella noche.
En cuanto a los cristianos, he aquí que rodearon a su jefe, y exclamaron: "Hoy no hemos podido dar cuenta de esos musulmanes". Y el jefe les dijo: "Pero mañana nos pondremos en fila, y los derribaremos uno tras otro". Y confiados en esta resolución, se durmieron todos también.
Así es que en cuanto brilló la mañana, e iluminó al mundo con su luz, y salió el sol para alumbrar indistintamente la cara de los pacíficos y de los guerreros, y saludó a Mahomed, ornamento de todas