Ombligos. Gerardo Arenas

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Ombligos - Gerardo Arenas

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Freud en adelante, los psicoanalistas no hemos sido ajenos a este veloz devenir, y, en la tarea colectiva de desmantelar la supuesta evidencia biológica de la maternidad y de subrayar el carácter esencialmente cultural de la paternidad, hemos aportado y seguimos aportando lo nuestro. (5) En este sentido, Lacan dio un paso de gran alcance al distinguir el padre imaginario, el padre real y el padre simbólico, y otro aún mayor cuando aisló esa original función que (para aprovechar sus resonancias religiosas, y acaso como un guiño a los conspicuos jesuitas que seguían su enseñanza) bautizó Nombre-del-Padre. (6)

      Recóndita clave

      Un poema de Borges ayudará a comprender esta humana desgracia universal. Su protagonista se lamenta así: él, que estudió “las leyes y los cánones”, declaró la independencia nacional y anheló “ser un hombre de sentencias, de libros, de dictámenes”, está a punto de ser asesinado entre ciénagas por unos bárbaros que lo persiguen. No obstante, poco antes de ser alcanzado, “un júbilo secreto” y súbito lo invade cuando descubre lo siguiente:

      A esta ruinosa tarde me llevaba

      el laberinto múltiple de pasos

      que mis días tejieron desde un día

      de la niñez. Al fin he descubierto

      la recóndita clave de mis años.

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      La relación entre las vueltas contadas y la no contada remeda la relación entre las respuestas del Otro (sus anhelos, aspiraciones, ideales o requerimientos) y su deseo. Por más que ese deseo suyo palpite en cada una de sus respuestas, no equivale a ninguna de ellas –cuya serie, empero, forma esa “vuelta no contada” que animó la totalidad del movimiento.

      Si dirijo al Otro la pregunta ¿Qué deseas en cuanto a mí?, pues, lo condeno a la impotencia, ya que todo lo que él diga pertenecerá al registro de lo que espera de mí (sus demandas) o lo que quiere para mí (sus ideales), es decir, el de las vueltas contables, pero no al registro del deseo, que es la vuelta no contada. Esa respuesta, sea la que fuere, siempre falta. ¿Acaso mi pregunta quedará irremediablemente abierta? Tal vez sí, tal vez no…

      Magia

      En suma, el inarticulable deseo de la madre (abreviémoslo M) es un término que falta en el Otro (A). Ahora bien, en ciertas condiciones puede ocurrir que un término distinto, que sí está presente en el Otro, funcione como una metáfora de aquel término faltante y, por lo tanto, asigne un significado –más o menos poético– a ese enigmático deseo.

      Es lo que pasa cuando procuramos nombrar un sentimiento: no hay palabra justa que lo defina, por supuesto, pero si digo Arrancas de mí las mejores notas, mi partenaire se hará una idea de lo que me causa. La operación metafórica es, de ese modo, capaz de realzar el vago sentido de un término existente (amor, en este ejemplo) sustituyéndolo por otro. La magia de esa operación es tan grande que puede llegar a extender su influjo y dar todo su significado incluso a un término estructuralmente inexistente. Y tal es el mecanismo mediante el cual M, a pesar de que falta en el Otro, puede adquirir una significación.

      El término capaz de metaforizar el inarticulable M es lo que Lacan, hace unos sesenta años, llamó Nombre-del-Padre (abreviémoslo P), y con sólo decir esto hemos vuelto, desde otro ángulo, a nuestro problemático punto de partida. En efecto, ya habíamos señalado el forzamiento y la reducción que entrañan igualar el Otro primordial a la madre. Y en esta irrupción del término padre cuando lo que está en juego es nombrar aquello que opera la metáfora del deseo materno… Pero ¿por qué seguir llamándolo materno?, ¡mejor digamos la metáfora del deseo del Otro! Retomemos, entonces: cuando hay que nombrar aquello que opera la metáfora del deseo del Otro, ¿no es forzado (y hasta segregativo) introducir el término padre?

      Hace décadas que hablamos de la operación por la cual P deviene metáfora de M. Sin embargo, por más que, en la época en que esa operación fue formalizada, ser humanos seguía pareciendo inseparable de tener a una mujer por madre y a un hombre por padre, hay configuraciones familiares contemporáneas que en absoluto se condicen con lo que los términos padre y madre –más y más vaciados de sentido a medida que avanza el siglo– pretenden subsumir. Conservarlos en esa metáfora ya es una concesión comparable a la de los ombligos adánicos de Durero, de Miguel Ángel o de Tiziano. ¿Por qué no llamarla, entonces, el ombligo de Lacan?

      Es hora de interrogar, más a fondo aún, los términos con que caracterizamos los aspectos centrales de las estructuras subjetivas. Esa tarea redundará en una ganancia conceptual que, de por sí, bastará para justificar el empeño, pero además, y por sobre todas las cosas, preparará al psicoanálisis para acoger las nuevas formas del malestar y permitirá al analista deshacerse de los prejuicios que aún lastran la teoría de su práctica.

      3. Véase una amena reedición actualizada de ese debate en Boehlke (2004: 23).

      

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