Papeles del doctor Angélico. Armando Palacio Valdes

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Papeles del doctor Angélico - Armando Palacio  Valdes

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silencio el coronel unos instantes, sacudió la ceniza del cigarro, y añadió después con leve entonación colérica:

      —Todo esto es pueril, no hay que dudarlo, y me lo repito cien veces al día. Los hombres no podemos ahuyentar jamás por completo los fantasmas con que nos han hecho miedo en nuestra infancia... Porque, en último resultado, ¿qué tenía yo que ver con aquel hombre? Él y yo no éramos otra cosa que una agregación de átomos, y luego de células, que, por leyes mecánicas y fatales, se unen para formar un organismo. Las fuerzas que a ello han contribuído son eternas, y en el tiempo infinito han formado otros seres más rudimentarios y los formarán más perfectos. ¿Qué importa que aquel hombre muera, ni que muera yo, ni que muramos todos? La hormiga que aplastamos con el pie en el camino es una maravilla de perfección también. El mismo trabajo le ha costado a la Naturaleza formar una hormiga que un vertebrado superior; esto es, ninguno. Y, sin embargo, aplasta usted una hormiga, y ninguna emoción experimenta, corta usted la cabeza de un vertebrado superior, de un ave o de un mamífero, y ya comienza usted a sentir cierto sacudimiento nervioso vecino del remordimiento. Pero mata usted voluntariamente al vertebrado llamado hombre y la tristeza, más tarde o más temprano, se apodera de usted y no le deja ya en toda la vida. Se invoca la ley de la solidaridad, es cierto. Damos un puntapié a un perro, chilla, y los demás se ponen a ladrar. Pero esta emoción tiene por causa el miedo, no el afecto o la compasión. Lo mismo aúllan si ven alzado el palo sobre ellos. Se dirá que en el remordimiento interviene también el miedo a los castigos de la vida futura. ¿Y el que está perfecta, absolutamente persuadido, como yo, de que no existe vida futura? ¿Verdad que es extraño, amigo Jiménez?

      —En efecto, es un poco extraño.

       Índice

      

L hombre del mundo que yo pensaba menos expuesto a volverse loco era mi amigo Montenegro.

      Era un ser tímido, reflexivo, metódico, lector asiduo de La Época, apuntador incansable de todos sus gastos, hasta de las cajas de cerillas que compraba.

      Y, sin embargo, cayó repentinamente en una espantosa demencia.

      Una tarde le encontré en el Retiro, y me pidió un millón de pesetas para la canalización del río Manzanares. Se trataba de un negocio que importaría, aproximadamente, cincuenta millones; él se había suscrito ya por veinticinco: le faltaba la mitad; pero contaba con los banqueros más importantes de Madrid, y conmigo, por supuesto.

      Para llevar a feliz término este proyecto grandioso, le parecía muy conveniente, se puede decir indispensable, hacerse diputado. «Ya ves, en España la política lo absorbe todo... Si uno no es diputado», etc., etc.

      Montenegro lo fué. Es decir, no lo fué; pero como si lo fuese. Una tarde se presentó en el Congreso poco antes de abrirse la sesión; hizo avisar al presidente de que un señor diputado electo deseaba jurar. El presidente ordenó todo lo necesario para tan solemne acto, el crucifijo, los Evangelios, etc.

      Se dió la voz: «Un señor diputado va a prestar juramento.»

      Los que estaban en los escaños se pusieron en pie, y Montenegro, vestido de etiqueta y escoltado por los maceros, se presentó en el salón y avanzó majestuosamente hacia la Presidencia.

      ¿Por qué ríe todo el mundo a carcajadas? Es que Montenegro llevaba un zapato negro de charol y otro de color. El presidente le pregunta su nombre, se entera de que no es diputado, sospecha que se trata de un loco, y lo hace retirar.

      Más adelante se presentó en el Palacio Real, dió el nombre de un ex ministro del tiempo de la República poco conocido personalmente en Madrid, y logró llegar de esta suerte hasta la cámara regia. Averiguada en el momento la superchería, le agarrotaron como un paquete postal y lo enviaron a la cárcel. Costó un trabajo increíble a su familia persuadir a las autoridades de que no se trataba de un espeluznante complot anarquista. Convencidas, al fin, lo entregaron, a condición de que se le recluyese en un manicomio.

      Así se efectuó. Mi buen Montenegro pasó algunos meses en un establecimiento de alienados de Carabanchel. Pero como no había motivo para tenerle encerrado, porque era el hombre más sensato del mundo, el director lo restituyó a su familia, manifestando que se hallaba completamente curado.

      Después le encontré en la calle muchas veces, y solíamos charlar un rato. Algunas veces me convidó a almorzar, y luego nos dábamos un paseo en coche por el Retiro.

      Precisamente durante uno de estos paseos saltó nuestra conversación a la metafísica. Montenegro había leído bastante, y era hombre que le gustaba investigar la causa de las cosas y sorprender los secretos de la Naturaleza. Sostuvo aquella tarde una opinión que a mí me pareció al pronto paradójica, a saber: que la pretendida diferencia entre las leyes morales y las leyes físicas no era más que una ilusión del entendimiento humano.

      —No existe ley alguna, amigo Jiménez, que no dependa de una voluntad, y, por tanto, que no sea moral. Primitivamente, éste fué el concepto de la ley: una orden, una limitación dictada en nombre de una autoridad. Más tarde, pasando de la esfera moral a la física, este concepto se desnaturalizó. Un hecho se reproduce invariablemente y de un modo inevitable mediante ciertas circunstancias, y lo llamamos ley, esto es, una orden o prohibición. Nuestros primeros padres así lo comprendieron, y por eso veían detrás de cada fenómeno de la Naturaleza el agente secreto o el dios que lo producía. No había leyes inmutables para ellos, porque todas pendían de una voluntad libre que podía cambiar. Pero nosotros al observar que el fenómeno se reproduce incesantemente, y que el agente no se hace visible jamás, deducimos que no existe, abstraemos los fenómenos de la voluntad y les damos existencia propia... ¡La ley, la ley! ¿Qué es la ley? Para mí, sin la voluntad, es una palabra vacía.

      —Querido Montenegro—le respondí—, me parece que equivocas los términos. Existen dos clases de fuerzas. Unas tienen conciencia de sí mismas y obran con intención: son los agentes libres de que tú hablas. Pero hay otras que no tienen conciencia de sí mismas: son los agentes ciegos del mundo material. De aquí la necesidad de reconocer dos clases de leyes, las leyes del orden moral y las leyes del orden físico.

      —¡Ahí está el error! Esa separación es puramente arbitraria. Tú ves que dos bolas de billar se aproximan y chocan. De aquí deduces que hay un hombre que ha herido una de ellas con un taco. Pero ves que dos astros en el cielo se aproximan también y chocan, y en vez de deducir que existe un ser que los ha lanzado el uno contra el otro, te satisfaces con decir: «Ese choque se ha efectuado en virtud de una ley inmutable.» Yo digo: esa ley no es más que una abstracción. Si tú no ves los agentes inteligentes y libres que producen los fenómenos, yo tampoco veo los agentes ciegos de que me hablas. ¡Agentes ciegos! ¿Qué significa esto? Si las leyes del mundo moral no pueden aplicarse al mundo físico, ni las de éste al primero, fuerza es remontarse más alto y concebir un mundo que los abrace y los comprenda a los dos. Y en este mundo tiene que existir la inteligencia y la voluntad, porque no puede existir algo en la parte que no se dé en el todo. Por todos lados veo que eso de la inmutabilidad es una quimera.

      Así continuamos discutiendo hasta que los coches comenzaron a desfilar hacia la villa. Montenegro me invitó a tomar el té en su casa. Cuando hubimos terminado, me dijo, no sin cierto aparato de misterio

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