Franz Kafka: Obras completas. Franz Kafka

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Franz Kafka: Obras completas - Franz Kafka biblioteca iberica

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Le parecía demasiado mezquino obtener un pedacito mendigándolo, pero en su interior se le revolvía la bilis.

      La neblina había desaparecido por completo; a lo lejos resplandecía una alta cordillera cuya cresta ondulada llevaba la mirada hacia una nube, más distante aún, atravesada por los rayos del sol. A la vera del camino había tierras mal labradas que rodeaban grandes fábricas levantadas en medio del campo libre, oscurecidas por el humo. En las grandes casas de vecindad, aisladas y diseminadas sin orden ni concierto, titilaban las muchas ventanas con variadísimo movimiento e iluminación, y en todos aquellos balcones pequeños y endebles atendían a muchísimos quehaceres mujeres y niños; mientras que alrededor de ellos, ya descubriéndolos a la vista, ya ocultándolos, ondeaban y se hinchaban poderosamente con el viento matinal paños y prendas de vestir colgados o tendidos. Si las miradas, deslizándose sobre las casas, se alejaban de ellas veía uno volar las alondras en lo alto del cielo y más bajo, en cambio, las golondrinas revoloteaban a no mucha altura sobre las cabezas de quienes iban en los vehículos.

      Muchas cosas había que le recordaban a Karl su patria y él no sabía si hacía bien abandonando Nueva York y yéndose al interior del país. Nueva York estaba sobre el mar y ello significaba la posibilidad del regreso en cualquier momento a la patria. Y por eso se detuvo, y dijo a sus dos acompañantes que había cambiado de parecer y que tenía deseos de quedarse en Nueva York. Y cuando Delamarche sencillamente pretendió empujarlo, él no lo consintió diciendo que, según creía, le asistía todavía el derecho de decidir acerca de sí mismo. Tuvo que intervenir el irlandés declarando que Butterford era mucho más hermoso que Nueva York, y fue necesario que los dos se lo rogaran mucho antes de que se decidiera a proseguir la marcha. Y aun entonces no lo hubiera hecho todavía si no se hubiera dicho que así sería mejor para él, que tal vez sería mejor llegar a un sitio desde el cual la posibilidad del regreso a la patria no fuese tan fácil. Sin duda trabajaría mejor y adelantaría más allí donde no lo estorbaran pensamientos inútiles.

      Y ahora era él quien impulsaba a los otros dos, y tanto se alegraron ellos del celo de Karl que, sin esperar a que éste se lo pidiese, llevaban el baúl turnándose; y Karl no comprendía claramente por qué les causaba él, en realidad, semejante alegría.

      Llegaron a un paraje que iba ascendiendo, y si de cuando en cuando se detenían podían ver, al mirar hacia atrás, cómo se desarrollaba ampliándose cada vez más el panorama de Nueva York con su puerto. El puente que une a Nueva York con Brooklyn colgaba frágil sobre el East River y se le veía estremecerse cuando se entornaban los ojos. Parecía completamente libre de tránsito y debajo tendíase la cinta de agua lisa, inanimada. Todas las cosas, en las dos ciudades gigantescas, parecían estar absurdamente colocadas, sin responder a ningún sentido de utilidad. Apenas se notaba una diferencia entre las casas grandes y las pequeñas. En las honduras invisibles de las calles continuaba seguramente la vida a su manera; pero por encima de ellas no se podía ver sino una leve bruma que, aunque inmóvil, parecía muy fácil de disipar. Aun sobre el puerto, el más grande del mundo, había descendido la paz; y sólo de cuando en cuando, y seguramente bajo el influjo del recuerdo de haberlo visto antes de cerca, creíase ver desplazarse algún barco un breve trecho. Pero tampoco era posible observarlo durante mucho tiempo: se escapaba a las miradas y luego ya no se le volvía a encontrar.

      Pero evidentemente Delamarche y Robinsón veían mucho más; ellos señalaban hacia derecha e izquierda y con las manos extendidas trazaban arcos sobre plazas y jardines que llamaban por sus nombres. Les parecía inconcebible que Karl hubiese estado más de dos meses en Nueva York sin haber visto de la ciudad apenas otra cosa que una calle. Y le prometieron que, una vez que ganaran lo suficiente en Butterford, irían con él a Nueva York y le mostrarían todas las curiosidades y claro que muy especialmente aquellos lugares donde uno se divertía hasta la dicha suprema. Y acto seguido entonó Robinsón a voz en cuello una canción que Delamarche acompañó golpeando las manos y en la cual Karl reconoció un aire de opereta de su patria que allí, y con letra inglesa, le gustaba muchísimo más de lo que le había gustado en su tierra. Y así se efectuó una pequeña función al aire libre de la cual todos participaban, y sólo la ciudad, allá abajo, que según decían se divertía tanto con esa melodía, parecía ignorarla.

      Una vez preguntó Karl dónde estaba la Compañía de Transportes Jakob e inmediatamente vio los dedos de Delamarche y de Robinsón extendidos, señalando tal vez el mismo punto y tal vez puntos distintos entre los cuales había kilómetros de distancia. Al proseguir luego la marcha preguntó Karl cuándo podrían regresar a Nueva York con ganancias suficientes. Delamarche dijo que bien podría suceder dentro de un mes, pues en Butterford hacían falta obreros y los salarios eran elevados. Naturalmente depositarían ellos su dinero en una caja común, a fin de que las diferencias casuales de ganancia fuesen compensadas como entre buenos camaradas. Esa caja común no le agradaba a Karl, a pesar de que él, como aprendiz, ganaría menos, por supuesto, que un obrero calificado. Por lo demás, dijo Robinsón que, naturalmente, si no hubiera trabajo en Butterford tendrían que seguir camino para colocarse en alguna parte como peones en el campo, o bien llegar a los lavaderos de oro de California; y esto, según se deducía de los circunstanciados relatos de Robinsón, constituía su proyecto favorito.

      —¿Por qué se hizo usted mecánico si ahora quiere ir a los lavaderos de oro? —preguntó Karl, a quien no le alegraba precisamente que hablasen de semejante necesidad de emprender viajes largos e inciertos.

      —¿Que para qué me hice mecánico? —dijo Robinsón—. Pues seguramente no ha de ser para que el hijo de mi madre se muera de hambre. En los lavaderos de oro las ganancias son buenas.

      —Antes lo eran —dijo Delamarche.

      —Y lo son todavía —dijo Robinsón, y refirió historias de muchos conocidos suyos que allí se habían enriquecido, que aún vivían en el lugar y que, como era natural, ya no movían ni un dedo; pero que debido a su vieja amistad le ayudarían a llegar a la riqueza a él, y se sobreentendía que también a sus amigos.

      —Por fuerza obtendremos empleos en Butterford —dijo Delamarche expresando con ello el pensamiento más íntimo de Karl; sin embargo, ésa no era una manera muy optimista de expresarse.

      Durante el día hicieron una sola parada en una fonda; comieron delante de la misma al aire libre, en una mesa que a Karl le pareció de hierro, una carne casi cruda que no era posible cortar con cuchillo y tenedor, sino que era necesario arrancar a pedazos. El pan tenía forma de cilindro y de cada uno de los panes surgía un largo cuchillo. Con esa comida se servía un líquido negro que quemaba la garganta; pero a Delamarche y a Robinsón les gustaba; levantaban a menudo sus vasos, los chocaban y hacían votos por el cumplimiento de diversos deseos, y al hacerlo sostenían durante unos instantes los vasos en alto, uno contra otro.

      En la mesa de al lado estaban sentados unos obreros que llevaban blusas salpicadas de cal, y todos bebían el mismo líquido. Los numerosos automóviles que pasaban arrojaban nubes de polvo sobre las mesas. Se hacían circular grandes hojas de periódicos, se hablaba con excitación de la huelga de los obreros de la construcción y se oía a menudo el nombre de Mack. Karl hizo averiguaciones al respecto y supo que se trataba del padre de aquel Mack que él conocía y que era el empresario de construcciones más importante de Nueva York, que la huelga le costaba millones y que acaso amenazara su posición comercial. Karl no creyó ni una palabra de aquellas habladurías de gente mal informada y malintencionada.

      Además amargábale a Karl aquella comida la circunstancia muy problemática de cómo se pagaría la consumición. Lo natural hubiese sido que cada uno pagase su parte, pero tanto Delamarche como Robinsón habían declarado oportunamente que el último resto de su dinero se había agotado con el pago del albergue de la noche anterior. No se podía descubrir en poder de ninguno de ellos reloj, anillo o cualquier otro objeto que se pudiera vender. Y Karl no podía echarles en cara, claro está, que hubieran ganado algo sobre la venta de sus ropas, pues esto habría sido una ofensa que los hubiera separado para siempre.

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