La madre naturaleza. Emilia Pardo Bazan
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Sólo hubo una temporada, poco antes de salir á teniente, en que atrasó bastante, poniéndose á dos dedos de ser perdigón. Fué al recibir la noticia de la muerte de su mamita, su hermana Nucha... Se la escribió su padre en persona, cosa que no ocurría sino en las ocasiones solemnes, pues el hidalgo de la Lage no se preciaba mucho de pendolista. Gabriel recordaba que en el primer momento sólo había sentido un asombro muy grande al ver que semejante desgracia no le producía más efecto. Con la carta abierta en la mano, miraba en torno suyo, pasando revista á todos los muebles del gran dormitorio artesonado, contando los hierros de las camas. Hasta recordaba haber acabado de abrocharse los botones de la levita de uniforme, faena interrumpida cuando llegó la carta fatal. Luego, de repente, daba dos ó tres pasos vacilantes, sepultaba el rostro en la almohada de su lecho, y empezaba á llorar á gotitas menudas, rápidas, que se le metían entre el naciente bigote y de allí se le colaban á los labios, con un sabor tan amargo!
¡Su pobre mamita! ¡Con qué vanidad le había él enviado su retrato; con qué orgullo había comprado, de sus economías, una sortija de oro para regalársela en su boda! ¡Qué admiración gozosa, unida á unos asomos de infantiles celos, había sentido al saber que su hermana tenía una chiquilla... ¡Monada como ella! ¡Una chiquilla! Y ahora... fría, callada, apagados aquellos dulces y vagos ojos, metida en un ataúd, muerta, muerta, muerta!
Bien seguro estaba de no haber querido probar bocado en dos días, ¡Cómo le mortificaban los consuelos de sus compañeros y amigotes! Eran bien intencionados, eso sí; pero indiscretos, inoportunos, fuera de sazón, como suelen ser los afectos en la zonza é ingrata edad de la adolescencia. Empeñábanse en divertirlo, en llevárselo al café, ó á ver una compañía de zarzuela... ¡De zarzuela! Gabriel necesitaba un médico. A los ocho días se le declaraba una fiebre nerviosa, en la cual le contaron que había delirado con su mamita, diciendo que quería irse junto á ella, al cielo ó al infierno, donde estuviese... Pronto convaleció, y quedó más fuerte y más hombre, como si aquella fiebre hubiera sido la solución de una crisis lenta de pubertad tardía, acaso retrasada por estudios prematuros... Salió á teniente, y recordaba el orgullo de los galones y el de un hermoso bigote castaño, ya poblado, que se propuso no afeitar nunca.
Pasó de la academia al siglo con la entidad moral que imprimen los colegios de carreras especiales, y señaladamente el de artillería: segunda naturaleza, de la cual sólo se desprenden, andando el tiempo, los que poseen gran espontaneidad ó cierto instinto crítico, y que sobrevive aun en los que se retiran, aun en los mismos que reniegan de la carrera y manifiestan que les causa hondo hastío el uniforme... Volviendo atrás la vista, Gabriel se asombraba de ser aquel muchacho que salió del colegio tan artillero, tan imbuído de ciertas altaneras niñerías que se llaman espíritu de cuerpo, tan convencido de la inmensa superioridad del arma de artillería sobre todas las demás del ejército español y aun del mundo, y en particular tan arisco, tan dado á esa cosa particular que en el cuerpo llaman la peña, tendencia mixta de orgulloso retraimiento y de feroz insociabilidad, que en él llegaba al extremo de pasarse tres horas en la esquina de una calle de Segovia, atisbando el momento en que saliesen de su casa unas señoras á quienes su padre le ordenaba visitar, para cumplir con dejarles una tarjeta en la portería.
¡Y que apenas era él entonces reaccionario, como los demás individuos del noble cuerpo! Sentía un odio profundo hacia las ideas nuevas y la revolución, la cual justo es decir que se hallaba en su más desatentado y anárquico período. Lo que Gabriel no le perdonaba á la setembrina maldecida, era el haberle echado á perder su España, la España histórica condensada en su cabeza de estudiante asiduo y formal, una España épica y gloriosa, compuesta de grandes capitanes y monarcas invictos, cuyos bustos adornaban el Salón de los Reyes en el Alcázar. Gabriel se tenía por heredero directo de aquellos héroes acorazados, esgrimidores de tizona. Arrinconados el montante y la espada, la artillería era el arma de los tiempos modernos. ¡Qué de ilusiones y de fermentaciones locas producía en Gabriel el solo nombre de batalla! Á la idea de barrer a cañonazos un reducto enemigo, le parecía no caberle el corazón en el pecho, y un frío sutil, el divino escalofrío del entusiasmo, le serpeaba por la espina dorsal. En esta disposición de ánimo le incorporaban á una batería montada y le enviaban á la guerra contra los carlistas en el Norte....
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