Pertinencia y convergencia de la integración latinoamericana en un contexto de cambios mundiales. José Briceño Ruiz

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Pertinencia y convergencia de la integración latinoamericana en un contexto de cambios mundiales - José Briceño Ruiz

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miembros. Quedan algunas propuestas de algunos de sus consejos7, principalmente, en materia de desarrollo social, infraestructura y medio ambiente; y, ante la pertinencia de desarrollar agendas de desarrollo y cohesión social en los procesos de integración de América Latina, es una tarea que deberá formar parte de acciones de convergencia en el corto y mediano plazo.

      La fuerte ideologización que se fue apoderando de la integración desde finales del siglo xx en nada contribuyó a los esfuerzos de integración latinoamericana y tuvo como resultado mayor fraccionamiento alrededor de la concepción de una integración basada en un “socialismo siglo xxi”, con la creación de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (alba), promovida por Hugo Chávez, como alternativa a la propuesta de integración hemisférica del alca, iniciada con el Tratado de Comercio entre los Pueblos (tcp), entre Cuba y Venezuela en diciembre de 2004, seguida del acuerdo de estos dos países con Bolivia, en abril de 2006, y el ingreso de Nicaragua en enero de 2007.

      Finalmente, el fraccionamiento de los procesos de integración continentales no terminó con la creación en los años noventa del Mercosur y del Grupo de los Tres (G3) integrado por Colombia, Venezuela y México, pues retirada Venezuela de la Comunidad Andina (can) y del G3, en la segunda década del siglo xxi, cuatro países (Colombia, Chile, Perú y México) decidieron en 2011 la creación de la Alianza del Pacífico (ap), primer proceso de integración con el objetivo no solo de lograr una integración entre sus socios, sino también de trabajar conjuntamente para una mejor inserción internacional en otros espacios como el de Asia Pacífico.

      Elementos conceptuales de la integración latinoamericana

      La integración latinoamericana ha pasado en sus setenta años por diversas formas de regionalismos; se entiende regionalismo de acuerdo con Sergio Caballero, “como el proyecto político tendiente a fomentar la integración que se sustenta en la voluntad política de las partes”, en el cual “lo característico ha sido un modelo top-down, que emana desde las élites en virtud del cual diversos presidentes ‘ofertan’ la integración como una suerte de producto político deseable para la sociedad ” (Caballero, 2014, pp. 843-844).

      Por cuatro décadas, los intentos de integración latinoamericana del Mercado Común Centroamericano (mcca), de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (Alalc) sustituida por la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi) y el Pacto o Grupo Andino establecieron instrumentos acordes con un entorno de regionalismo cerrado o proteccionista, que se orientaba a la Industrialización por Sustitución de Importaciones (isi), impulsado por la Comisión Económica para América Latina (Cepal), en lo que se conoce como modelo cepalino de los años cincuenta, como mecanismo para el logro de desarrollo económico y de crecimiento industrial en la relación centro-periferia, en el cual más que crecer por las exportaciones, se dio mayor importancia a crecer desde adentro mediante la industrialización y la elevación del progreso técnico faltante en la productividad manufacturera de los países latinoamericanos.

      Con el modelo cepalino se modificaban unos términos de intercambio desfavorables, al sustituirse las importaciones provenientes de fuera de América Latina por importaciones desde los países latinoamericanos y al abrirse las exportaciones a los mercados de la región con la integración. El desarrollo de acuerdos de integración y complementación industrial entre industrias sustitutivas de importaciones desplazaría a proveedores extrarregionales que serían reemplazados por productores regionales, con el consiguiente desarrollo de actividades industriales en países de la región y al incrementarse la competencia intralatinoamericana con la integración, se dispondría de exportaciones manufactureras más competitivas.

      Se dejó de lado la consideración del pensamiento clásico del comercio internacional de especialización productiva de los países, según sus ventajas comparativas, que ubicaba a la región como proveedora de materias primas de la periferia, para pasar a procurar exportar bienes de mayor complejidad técnica. Pero, el hecho de haber desarrollado el modelo cepalino de manera cerrada y proteccionista, llevó al mismo Prebisch a criticar estructuras de costos que dificultaban la exportación de manufacturas al mundo (Prebisch 1963; 1949, en Mallorquín y Casas, 2012; Sunkel, 1991; Vieira Posada, 2008; De Lombaerde y Garay, 2008; Moncayo, 2009; Correa en Briceño, 2012; Mellado, en Mellado y Fernández, 2013).

      La Cepal lo planteó en 1959 en estos términos, al referirse a un mercado común latinoamericano:

      [...] el objeto fundamental del mercado común, además de mejorar el intercambio tradicional de productos primarios, es asegurar la industrialización racional de los países latinoamericanos. Es esencial para ello que la política de sustitución de importaciones no siga cumpliéndose dentro de compartimentos estancos, sino que las importaciones que antes provenían del resto del mundo puedan adquirirse en otros países latinoamericanos a favor de un amplio esfuerzo de especialización y reciprocidad industrial. (Cepal, 1959, p. 16)

      Lo anterior se realizaba en un entorno en el cual al Estado se le asignaba una responsabilidad ineludible de planificación orientadora de la economía. Eran los tiempos del estructuralismo latinoamericano o escuela estructuralista del desarrollo, cuando el Secretario Ejecutivo de la Cepal, el economista argentino Raúl Prebisch y un equipo de pensadores (Celso Furtado, Osvaldo Sunkel, Aníbal Pinto, Helio Jaguaribe, Aldo Ferrer, Fernando Fajnzylber, entre otros), contribuían al desarrollo económico y a la industrialización de América Latina, gracias a una herramienta como la integración que ampliaba los mercados de un capitalismo periférico. Según Andrés Rivarola, Raúl Prebisch

      Una interpretación adicional fue la del pensamiento autonomista, defendido por autores del Cono Sur, como el argentino Juan Carlos Puig, el brasileño Helio Jaguaribe y el uruguayo Alberto Methol Ferré, para quienes la autonomía constituía un elemento fundamental de capacidad de decisión propia, no solo para el desarrollo, sino también para las relaciones externas apoyadas en una integración solidaria con otros países, siempre y cuando se contara con una élite comprometida con un proceso de autonomización (Briceño, 2012, p. 43).

      Se debe reconocer que el modelo cepalino permitió cierto grado de desarrollo industrial y de capacidad exportadora, que le hizo posible a América Latina, con la llegada de la apertura económica a partir de los años noventa, contar con alguna oferta exportable adicional a los tradicionales commodities, sin desconocer que la política

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