Los Ungidos. Elena G. de White

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Los Ungidos - Elena G. de White Serie Conflicto

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necesidad tenía Juan el Bautista de que provocase la ira de Herodías diciendo a Herodes que era ilícito de su parte vivir con la esposa de su hermano? El precursor de Cristo perdió la vida por hablar con claridad.

      Así han argumentado hombres que debieran haberse destacado como fieles guardianes de la Ley de Dios, hasta que la política de conveniencia reemplazó la fidelidad, y se dejó sin reprensión al pecado. ¿Cuándo volverá a oírse en la iglesia la voz de las reprensiones fieles?

      “¡Tú eres ese hombre!” (2 Sam. 12:7). Es muy raro que se oigan en los púlpitos modernos, o que se lean en la prensa pública, palabras tan inequívocas y claras como las dirigidas por Natán a David. Los mensajeros del Señor no deben quejarse de que sus esfuerzos permanecen sin fruto, si ellos mismos no se arrepienten de su amor por la aprobación, de su deseo de agradar a los hombres, lo cual los induce a suprimir la verdad.

      No es el amor a su prójimo lo que induce a los ministros a suavizar el mensaje que se les ha confiado, sino el hecho de que procuran complacerse a sí mismos y aman su comodidad. El verdadero amor se esfuerza en primer lugar por honrar a Dios y salvar las almas. Los que tengan este amor no eludirán la verdad, para ahorrarse los resultados desagradables que pueda tener el hablar claro. Cuando las almas están en peligro, los ministros de Dios no se tendrán en cuenta a sí mismos, sino que pronunciarán las palabras que se les ordenó pronunciar, y se negarán a excusar el mal.

      ¡Ojalá que cada ministro revelase el mismo valor que manifestó Elías! A los ministros se les ordena: “Corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar”(2 Tim. 4:2). Deben trabajar en lugar de Cristo animando al obediente y amonestando al desobediente. Las políticas del mundo no deben tener peso para ellos. Deben ir adelante con fe, recordando que los rodea una nube de testigos. No les toca pronunciar sus propias palabras, sino que su mensaje debe ser: “Así dice el Señor”. Dios llama a hombres como Elías, Natán y Juan el Bautista; hombres que darán su mensaje con fidelidad, indiferentes a las consecuencias; hombres que dirán la verdad con valor, aun cuando ello exija el sacrificio de todo lo que tienen.

      Dios llama a hombres que pelearán fielmente contra lo malo, contra principados y potestades, contra los gobernantes de las tinieblas de este mundo, contra la impiedad espiritual en las altas esferas. A los tales dirigirá las palabras: “¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel! [...] ¡Ven a compartir la felicidad de tu señor!” (Mat. 25:23).

      Capítulo 11

      Dios es reivindicado en el Monte Carmelo

      Este capítulo está basado en 1 Reyes 18:19-40.

      Estando delante de Acab, Elías ordenó: “Ahora convoca de todas partes al pueblo de Israel, para que se reúna conmigo en el monte Carmelo con los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal y los cuatrocientos profetas de la diosa Aserá que se sientan a la mesa de Jezabel”.

      Acab obedeció enseguida, como si el profeta fuese el monarca y el rey, un súbdito. Mandó veloces mensajeros con la orden. En toda ciudad y aldea, el pueblo se preparó para congregarse a la hora señalada. Mientras viajaban hacia el lugar designado, en el corazón de muchos había presentimientos extraños. ¿Por qué se los convocaría en el Carmelo? ¿Qué nueva calamidad iba a caer sobre el pueblo y la tierra?

      El Monte Carmelo había sido un lugar hermoso, cuyos arroyos eran alimentados por manantiales inagotables, y cuyas vertientes fértiles estaban cubiertas de hermosas flores y lozanos vergeles. Pero ahora su belleza languidecía bajo la maldición. Los altares erigidos para el culto de Baal y Astarté se destacaban ahora en bosquecillos deshojados. En la cumbre de una de las sierras más altas, se veía el derruido altar de Jehová.

      Las alturas del Carmelo eran visibles desde muchos lugares del reino. Al pie de la montaña había sitios ventajosos desde los cuales se podía ver mucho de lo que sucedía en las alturas. Elías eligió esta elevación como el lugar más adecuado para que se manifestase el poder de Dios y se vindicase el honor de su nombre.

      Temprano por la mañana del día señalado, las huestes de Israel se reunieron cerca de la cumbre. Los profetas de Jezabel desfilaron en un despliegue imponente. Con toda la pompa real, el monarca apareció y ocupó su puesto a la cabeza de los sacerdotes, mientras los clamores de los idólatras le daban la bienvenida. Pero los sacerdotes recordaban que a la palabra del profeta la tierra de Israel se había visto privada de rocío y de lluvia durante tres años y medio. Se sentían seguros de que se acercaba una terrible crisis. Los dioses en quienes habían confiado no habían podido demostrar que Elías fuera un profeta falso. Esos objetos de su culto habían sido extrañamente indiferentes a sus gritos frenéticos, sus oraciones, sus lágrimas, su humillación, sus ceremonias repugnantes, sus sacrificios costosos.

      Frente al rey Acab y a los falsos profetas, y rodeado por las huestes congregadas de Israel, Elías estaba de pie, el único que se había presentado para vindicar el honor de Jehová. Aquel a quien todo el reino culpaba de su desgracia se encontraba ahora delante de ellos, aparentemente indefenso en presencia del monarca de Israel, los profetas de Baal, los hombres de guerra y los millares que lo rodeaban. Pero en derredor de él estaban las huestes del cielo que lo protegían, ángeles excelsos en fortaleza.

      Sin avergonzarse ni aterrorizarse, el profeta permanecía en pie delante de la multitud, reconociendo plenamente el mandato que había recibido de ejecutar la orden divina. Con ansiosa expectación el pueblo aguardaba su palabra. Mirando primero al altar de Jehová, que estaba derribado, y luego a la multitud, Elías clamó en los tonos claros de una trompeta: “¿Hasta cuándo van a seguir indecisos? Si el Dios verdadero es el Señor, deben seguirlo; pero, si es Baal, síganlo a él”.

      El pueblo no le contestó una palabra. En toda esa vasta asamblea, nadie se atrevió a revelarse leal a Jehová. El engaño y la ceguera se habían extendido sobre Israel, no de repente sino gradualmente. Cada desviación del recto proceder, cada negativa a arrepentirse, había intensificado su culpa, y los había alejado aun más del cielo. Y ahora, en esta crisis, seguían rehusando decidirse por Dios.

      El Señor aborrece la indiferencia y la deslealtad en tiempo de crisis en su obra. Todo el universo contempla con interés indecible las escenas finales de la gran controversia entre el bien y el mal. ¿Qué podría resultar de más importancia para los hijos de Dios que el ser leales al Dios del cielo? A través de los siglos, Dios ha tenido héroes morales; y los tiene ahora en quienes, como José, Elías y Daniel, no se avergüenzan de ser conocidos como parte de su pueblo. La bendición especial de Dios acompaña las labores de los hombres de acción que no se dejan desviar de la línea recta ni del deber, sino que con energía divina preguntan: “¿Quién está por Jehová?” (Éxo. 32:26). Son hombres que piden a quienes decidan identificarse con el pueblo de Dios que se adelanten y revelen inequívocamente su fidelidad al Rey de reyes y Señor de señores. Tales hombres no consideran preciosa su vida. Su lema es ser fieles a Dios.

      En el Carmelo, mientras Israel dudaba, la voz de Elías rompió de nuevo el silencio: “Yo soy el único que ha quedado de los profetas del Señor; en cambio, Baal cuenta con cuatrocientos cincuenta profetas. Tráigannos dos bueyes. Que escojan ellos uno, lo descuarticen y pongan los pedazos sobre la leña, pero sin prenderle fuego. Yo prepararé el otro buey y lo pondré sobre la leña, pero tampoco le prenderé fuego. Entonces invocarán ellos el nombre de su dios, y yo invocaré el nombre del Señor. ¡El que responda con fuego, ese es el Dios verdadero!”.

      La propuesta de Elías era tan razonable que el pueblo “estuvo de acuerdo”. Los profetas de Baal no se atrevieron a disentir. Elías les indicó: “Ya que ustedes son tantos, escojan

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