Tres flores de invierno. Sarah Morgan
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Beth estaba segura de que Alison estaría encantada de ayudar, lo cual dejaba solo el pequeño problema de conseguir el empleo.
¿Tenía lo que hacía falta para impresionar a Corinna después de siete años fuera de juego?
Se sentía muy mal preparada para volver al mundo laboral. No estaba segura de ser capaz de participar en una conversación entre adultos normales, y mucho menos si eran personas deslumbrantes con ideas creativas.
Quizá debería llamar a su hermana. Hannah entendería la tentación de una carrera. Trabajaba como consultora de gestión y daba la impresión de que se pasaba la vida viajando por el mundo para arreglar empresas que no eran capaces de arreglarse solas.
Tenían una cita al día siguiente y Beth quería llamarla de todos modos para confirmarla.
Hannah contestó con su tono serio y práctico de voz.
—¿Es algo urgente, Beth? Estoy embarcando. Te llamaré cuando aterrice, si tengo tiempo antes de la reunión.
Nada de «¿Cómo estás, Beth? Me alegro de oírte. ¿Cómo están Ruby y Melly?». No.
Beth siempre había querido estar más unida a su hermana y no sabía quién tenía la culpa de que no fuera así. Y la situación había empeorado últimamente. Las cenas habituales se habían vuelto menos habituales. ¿Era culpa suya porque casi solo hablaba con las niñas? ¿Su propia hermana la encontraba aburrida?
—No te preocupes —Beth apretó más la mano de Ruby, que caminaba retorciéndose. Era como intentar darle la mano a un pez, pero no se atrevía a soltarla por si acababa debajo de las ruedas de un coche—. Hablaremos mañana durante la cena. No es urgente.
—Pensaba llamarte sobre eso. Nada de champán, gracias. Estoy trabajando. Agua con gas, por favor —Hannah apartó el teléfono para hablar con la azafata y Beth intentó reprimir una punzada de envidia.
Quería estar en posición de rechazar champán.
«No, gracias, tengo que mantener la cabeza despejada para la reunión, donde diré algo importante que la gente quiere oír».
—¿La vas a anular otra vez? —preguntó.
—Tengo un trabajo, Beth.
—Lo sé —contestó esta.
Y no necesitaba que se lo recordaran. Y ella estaba en casa, cuidando de sus niñas y con un complejo cada vez mayor, alimentado por los triunfos de su hermana. Intentó no pensar en el cordero que se marinaba en el frigorífico ni en el postre extravagante que había planeado. Hannah comía en los mejores restaurantes. ¿Le iban a impresionar los intentos de su hermana por hacer una tarta Pavlova? Las claras de huevo batidas difícilmente cambiarían el mundo, ¿verdad? ¿Y tan desesperada estaba ella que necesitaba esa aprobación?
—¿Adónde te vas ahora? —preguntó.
—A San Francisco. Ha sido un viaje de última hora. Te iba a poner un mensaje en cuanto terminara el email que estoy escribiendo.
Con Hannah, siempre había muchas cosas de última hora.
—¿Cuándo volverás?
—El viernes por la noche, y el domingo por la noche me voy a Frankfurt. ¿Podemos aplazarlo?
—Esto era un aplazamiento —respondió Beth—. Mejor dicho, es un aplazamiento de un aplazamiento de un aplazamiento.
Un susurro de papeles sugería que Hannah hacía algo más al mismo tiempo que hablaba con ella.
—Fijaremos otra fecha. Sabes que me encantaría verte —dijo su hermana.
Beth no lo sabía.
Sí sabía que era ella la que ponía todo el esfuerzo en la relación. A menudo se preguntaba si Hannah se molestaría en ponerse en contacto si ella dejaba de intentarlo. Pero nunca lo dejaría, aunque su hermana la volvía loca y hería sus sentimientos. Beth sabía lo valioso que era tener familia y pensaba aferrarse a la suya aunque eso implicara dejar la marca de sus uñas en la carne de Hannah.
—¿Te he ofendido de algún modo? —preguntó—. Siempre tienes alguna excusa para no vernos.
Hubo una pausa.
—Tengo una reunión, Beth. No te lo tomes como algo personal.
Beth tenía la horrible impresión de que era muy personal.
Hannah, como Corinna, no quería tener hijos. Pero era algo más que eso. Beth empezaba a pensar que a su hermana no le gustaban Ruby y Melly, y ese pensamiento era como una puñalada en el corazón.
—No estoy exagerando. Tú te has apartado —dijo.
Corinna era su jefa y no tenía ninguna obligación de que le gustaran sus hijas, pero Hannah era tía de las niñas.
—Las dos estamos ocupadas. Es difícil encontrar un momento.
—Vivimos en la misma ciudad y no nos vemos nunca. No tengo ni idea de lo que pasa en tu vida. ¿Eres feliz? ¿Sales con alguien? —dijo Beth.
Sabía que su madre le preguntaría, así que consideraba su deber estar al tanto de ese tipo de información. Además, era una romántica. Y también estaba el hecho de que, si Hannah tuviera pareja, tal vez se verían más. Podrían salir a cenar los cuatro juntos.
Pero, al parecer, eso no iba a ocurrir.
—Vivo en Manhattan. Está atestado. Veo a mucha gente.
Beth renunció a intentar sacarle información.
—Ruby y Melly te echan de menos —dijo—. Eres la única familia mía que vive cerca. Les encanta que vengas a casa —decidió probar su teoría—. Pásate el fin de semana.
—¿Quieres decir por tu apartamento?
Beth estaba segura de no haber imaginado el tono de pánico en la voz de su hermana.
—Sí —dijo—. Vente a almorzar. O a cenar. Quédate todo el día y una noche.
Hubo una pausa corta.
—Tengo que trabajar todo el fin de semana. Será mejor que tú y yo cenemos juntas un día fuera.
Un restaurante. En la ciudad. Una velada sin niños.
Beth alzó a Ruby con un brazo. Se sentía protectora de pronto.
Aquellas eran sus hijas. Su vida. Eran lo más importante que había en su mundo. ¿A su hermana no deberían importarle aunque solo fuera por eso?