Mi honorable caballero - Mi digno príncipe. Arwen Grey

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Mi honorable caballero - Mi digno príncipe - Arwen Grey Ómnibus Harlequin Internacional

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Tampoco había vuelto a ver al príncipe ni al conde Charles desde que habían desaparecido durante el baile, por no hablar de sir Benedikt, al que no había visto en toda la noche. Aunque tampoco es que le importara, porque seguro que le hubiera fastidiado la diversión.

      Como si el solo hecho de pensar en él hubiera logrado hacer que se materializase ante ella, vio cómo sir Benedikt avanzaba hacia ella, apartando a todos los presentes a su paso con bastante poca delicadeza. No llevaba disfraz ni máscara, sino que iba vestido con su uniforme, la mano apoyada en la empuñadura del sable, el gesto serio y diríase que oscuro. Por su expresión y su mirada, fija en ella, ajena a las palabras y miradas escandalizadas que levantaba a su paso, no parecía estar de buen humor.

      Cassandra levantó la barbilla y se quitó la máscara para enfrentarlo de igual a igual.

      —Seguidme, no tengo tiempo para explicaciones ahora. Vuestra prima os necesita —le susurró al oído al llegar junto a ella, agarrándola del brazo con firmeza.

      Cassandra ni siquiera tuvo la fuerza de ánimo de zafarse, sino que se dejó arrastrar por él, lanzando miradas y sonrisas de disculpa a los invitados mientras enfilaba las escaleras.

      —Aseguraos de que mi tío no se preocupe por nuestra ausencia, por favor. Ya está preguntando por Iris y le he dicho que ha ido a refrescarse.

      Benedikt se detuvo a las puertas del salón, paralizado por sus palabras. ¿Era posible que ella le hubiera dirigido unas palabras amables? No pudo evitar una sonrisa lenta mientras la miraba subir con ese dulce balanceo de caderas.

      Una vez hubo desaparecido, la preocupación regresó a su mente. Volvió la mirada hacia el salón, donde pudo comprobar que ni el príncipe ni Charles parecían estar allí. Tampoco estaban ni Joseph ni sus criados. Le gustaría poder hablar con el chico antes de que acabara la noche sobre lo que había ocurrido. Sabía lo que los rumores podían hacer con la reputación de una muchacha y no deseaba que la felicidad de esa pareja se truncara por culpa de un desgraciado malentendido.

      Cassandra trató de subir las escaleras con calma, a pesar de que estaba preocupada por Iris, pero saber que él la miraba, atento a cada paso, hacía que la imbuyera un extraño nerviosismo.

      Fue consciente del momento exacto en que su mirada se apartó de ella, porque se sintió mucho más libre y, curiosamente, abandonada. Miró hacia abajo y lo vio allí, en la doble puerta que daba al salón de baile, mirando hacia el lugar donde los invitados bailaban, ajenos a lo sucedido, con el ceño fruncido.

      ¿Qué había ocurrido para causar aquella mirada tan oscura?

      Un sollozo procedente del dormitorio de Iris atrajo su atención, y corrió hacia allí. Vio a su prima tendida sobre la cama, abrazada a un cojín de raso azul, todavía vestida con su túnica de diosa y el rostro arrasado en lágrimas, y el corazón se le encogió por la impresión. Lo primero que pensó fue que había discutido con el conde Charles, pero cuando Iris se giró para mirarla y vio las marcas en su piel, supo que algo mucho más terrible había ocurrido.

      —Mi pobre niña —murmuró mientras su prima la abrazaba con todas sus fuerzas y le contaba lo que había ocurrido—. ¡Oh, Dios mío, uno de nuestros invitados!

      Iris se estremeció entre sus brazos.

      —Si sir Benedikt no hubiera aparecido… —La voz de la joven rubia se cortó en un amargo sollozo.

      Cassandra apartó a la joven y la obligó a alzar la vista para que la mirara.

      —Dime qué hacías en el jardín sola, no lo entiendo.

      Iris enrojeció y se pasó una mano por el rostro húmedo, tratando de secar las lágrimas.

      —Charles me dejó un mensaje. Quería que nos viéramos allí, pero fue… fue ese otro hombre quien…

      Cassandra le tomó la mano y se la apretó con fuerza mientras Iris se derrumbaba otra vez sobre su hombro.

      —Pero ¿estaba él allí o apareció después?

      —No lo sé —respondió Iris, sacudiendo la cabeza, confusa—. ¿Por qué quieres saberlo?

      Cassandra se obligó a sonreír mientras la ayudaba a desvestirse y la metía en la cama.

      No quería decirle lo que se le había pasado por la cabeza durante unos breves segundos. Charles le había pasado un mensaje citándola en el jardín, sí. Pero ¿la cita era para él o ese otro hombre? ¿Era casualidad que supiera el atacante que ella iba a estar allí si no sabía nada de la nota? Sacudió la cabeza, borrando ese absurdo pensamiento. Lo más probable era que él la hubiera seguido al ver que salía al jardín y la considerara una presa fácil. Era triste pensar que una mujer no pudiera pasear a solas ni siquiera en su propia casa sin que un hombre se creyera con derecho a atacarla.

      Por fortuna, las desdichas habían agotado a la joven, cuyos ojos se fueron cerrando poco a poco hasta que se quedó dormida entre sus brazos.

      Le acarició el cabello mientras pensaba qué hacer. Era evidente que no podía enfrentarse al culpable del agravio sin saber quién era. Pero algo debía hacer, no podía quedarse de brazos cruzados.

      Ante todo, debía aclarar si el conde había tenido algo que ver con el asunto. Y hablar con sir Benedikt para que le contara qué había visto él. Y para darle las gracias.

      Todo eso tendría que esperar al día siguiente, pues el sueño de su prima era ligero y nervioso, y no se atrevía a dejarla sola.

      Se quitó las sandalias y se metió en la cama junto a ella y la miró dormir, pensando en cómo podía cambiar un hecho tan terrible a una persona tan dulce e inocente como Iris.

      Ojalá ese cambio no fuera irreversible, pensó con un suspiro mientras cerraba los ojos y procuraba dormir, mientras todavía escuchaba la música y las risas en el salón.

      Charles miró el cielo estrellado y se preguntó qué hora sería.

      A esas horas Iris ya debía de haberse hartado de esperar y probablemente pensaría que la nota que le había dado era una burla. Maldijo entre dientes mientras dejaba el caballo en manos de uno de los mozos de cuadras, que tomó las riendas medio dormido. Era obvio que era tarde, pues las luces de la casa estaban apagadas y no se escuchaba ruido ni música. ¿Había acabado ya la fiesta? Recorría los últimos metros que lo separaban de la mansión, cuando una sombra lo detuvo.

      —¿Dónde diablos has estado toda la noche?

      Charles, cuya mano descansaba ya sobre la empuñadura de su sable, se relajó al instante al reconocer la voz de Benedikt.

      —¿Eres mi madre acaso? No tengo que rendir cuentas ante nadie más que ante mi señor —respondió riendo.

      Benedikt salió de las sombras. Charles se sorprendió ante su gesto serio.

      —¿Qué te hizo salir de la casa en mitad de la fiesta?

      Tanto la actitud como el ceño fruncido del escocés hicieron que el conde se pusiera en guardia a su pesar. No era propio de Benedikt mostrarse tan quisquilloso.

      —¿A qué vienen tantas preguntas? ¿Ha sucedido algo?

      —No juegues conmigo, muchacho. Responde de una vez.

      Charles

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