Los chicos siguen bailando. Jake Shears

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Los chicos siguen bailando - Jake Shears

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el dormitorio de mis padres y me encontré con uno que se llamaba algo así como El regalo de un niño talentoso. Leí por encima unas páginas y llegué a la conclusión de que “talentoso” significaba “especial”. ¿Pero acaso no pensaba cada padre que había tenido un niño especial? Ahora me doy cuenta de que “talentoso” significaba “gay”. Un código de palabras para no decepcionar demasiado a los padres.

      Cuando tenía siete años, no tenía ni idea de que era gay, pero era afeminado, sensible y demandaba ser el foco de atención de todo el mundo. Mi madre lo supo desde muy temprano, como suelen saberlo las madres. Ella vivió en un estado de amorosa preocupación sobre mi sexualidad, intentando averiguar en secreto si había algo que podía hacer —y si no había nada que hacer, cómo facilitarme las cosas—. Se contuvo para no machacarme por mi obsesión con los vídeos de ejercicios de Jane Fonda y mis sesiones diarias de Nine to five, ambos bastiones de comodidad para mí. Eran lo contrario que el mundo extraño y aceitoso de la maquinaria de mi padre.

      La personalidad de mi madre siempre complementó la estoicidad de mi padre. Ella es como una emisora de radio feel-good que nunca se apaga, siempre capaz de hablar con todo el mundo, donde sea, sobre cualquier tema. Su maestría a la hora de rellenar despreocupadamente los complicados silencios con una conversación simplona es ver para creer. Cuando se ríe, a menudo te golpea en el hombro. Su energía y su devoción durante mi crianza fueron incansables. Me preparaba la comida, limpiaba mi habitación y siempre me hizo sentir querido. Hasta el día de hoy nunca he visto a mis padres pelearse.

      Yo era un mimado, un absoluto niño de mamá. Mis rabietas cuando no conseguía algo podían dejar boquiabierto a cualquier adulto. Un amigo de la familia incluso me apodó el Pequeño Dictador. Dado que mis hermanas eran mucho mayores que yo, a veces sentíamos que era hijo único. Y me trataban como tal. La mayor parte del tiempo conseguía aquello que quería, ya fueran juguetes, libros o atención. Quizá mi madre tenía miedo de que me desbaratara, así que me seguía de puntillas, intentando averiguar cómo criar, exactamente, a un niño “talentoso”.

      Ella solo intentaba protegerme, utilizando sus instintos para amortiguar mi sufrimiento potencial. Haciendo cola en la tienda de alimentación, recuerdo ver a Rock Hudson muriéndose en la portada de National Enquirer, y una fotografía barroca de Liberace al lado con la palabra “Sida” en el titular, en letras rojas. Le pregunté a mi madre qué era el sida, pero ella no pareció poder darme una respuesta contundente. Tengo el recuerdo de Jane Pauley en el Today show presentando un reportaje sobre cómo algunos científicos pensaban que era posible contraer el sida del asiento de un retrete. El miedo de esta amenaza desconocida era evidente, incluso para un niño. Podía leerlo entre líneas en una mirada rápida de los adultos o en la pausa nerviosa cuando era mencionada.

      Un día le pregunté a mi madre qué significaba “gay”. Ella me miró a través del espejo retrovisor y, por suerte, simplemente respondió: «Son gente muy agradable».

      [1] Cabbage Patch Kids, traducido como “muñecas repollo”, fueron unas muñecas muy populares en la década de los ochenta. (N. del T.)

      [2] Marca de cerveza. (N. del T.)

      [3] Diclorodifeniltricloroetano, principal componente de pesticidas. (N. del T.)

      [4] Liga de béisbol y softball para niños. (N. del T.)

      [5] Tipo de faldas muy comunes en Estados Unidos. (N. del T.)

      2

      La nuestra no era exactamente una casa musical. Al menos, no del tipo de casa con discos o grabaciones. La radio no se escuchaba a menos que fuera en el coche o saliendo de la habitación de mis hermanas. Yo tenía mi propio tocadiscos, pero la mayoría de discos eran cosas de críos. La mayor parte de la música en mi casa provenía de instrumentos musicales. Mis hermanas tocaban el violonchelo y el harpa, y los tres tocábamos el piano. Nuestro profesor, Mr. Heck, se pasaba por nuestra casa los martes, vistiendo de rancio poliéster y oliendo a bolas de alcanfor y gomina. Golpeaba la partitura con su puntero retráctil, manteniendo el tempo mientras nos preparábamos para nuestros recitales bianuales. Windi y Sheryl practicaban constantemente, llenaban la casa de música. Yo encontraba la práctica musical aburrida, y me costaba contar los compases y recordar dónde se suponía que debían ir los sostenidos y los bemoles, y tenía que contar a mano las líneas en el pentagrama. Un acorde simplemente me parecía una maraña de notas, y descifrarlo se me antojaba una tarea tediosa. No quería interpretar un refrito de algo que alguien ya había puesto sobre papel. Quería crear mi propio material.

      Era mejor cantante que pianista. Tomé clases elementales de coro de Mrs. Bell, quien lucía un feroz corte de pelo a lo Toni Tennille. Era agradable y amable, pero me horrorizaba cuando aplaudía en nuestras caras de forma rítmica y nos hacía decir: «Tah, tah, tee-tee, tah». Íbamos a cantar al sanatorio para animar a los ancianos y, para entretenerme a mí mismo, maullaba como si estuviera completamente sordo o intentaba llevar a cabo mi imitación en tercer grado de Aaron Neville, de la cual pensaba que era hilarante.

      No fue hasta que descubrí a un cantante en particular cuando empecé a fantasear con la posibilidad de actuar. Había visto repetidamente un VHS de contrabando de la película Laberynth y me habían cautivado sus canciones. Rebobinaba y adelantaba escenas con el único propósito de aprenderme las letras de las canciones que cantaba ese hombre en medias y con una peluca escarchada a lo Tina Turner. No tenía ni idea de quién era, pero estaba realmente intrigado. Mis hermanas me informaron de que su nombre era David Bowie, y parecía ser que era una estrella del rock.

      En otro de nuestros viajes fuera de la isla, mi madre dejó que me comprara el casete de Let’s dance. Lo escogí de entre una selección aleatoria de sus álbumes. Desde entonces, los auriculares de mi walkman no abandonaban nunca mis orejas. La primera mitad de la grabación, llena de sencillos, era inmediata, pero era la segunda parte, mucho más oscura, la que reproducía incluso con mayor frecuencia. Dejaba el casete en mi pupitre en la escuela, nunca perdía de vista la carátula artística y contaba las horas hasta poder volverlo a escuchar.

      Me recostaba en mi habitación a oscuras a la hora de irme a la cama; las canciones sonaban suavemente en el radiocasete. Me imaginaba estar enfrente de una multitud embelesada de compañeros de clase; visualizaba un escenario en el gimnasio escolar, de alguna manera un cielo infinito y lleno de estrellas por encima de mi cabeza. Vestía un esmoquin y cantaba suavemente delante de una elegante banda musical, con una sección completa de trompas. Fue la primera vez que pensé con auténtica convicción: «Quiero estar encima del escenario. Cantando».

      A Let’s dance le siguieron el Scary monster’s y el Lodger, de Bowie. La mayoría de las letras eran opacas, incluso algunas de ellas aterradoras. Pero memoricé cada segundo de esos álbumes, escuchándolos siempre que podía; a veces incluso elegía escucharlos antes que salir con mis amigos. Sabía muy bien que nunca les podría poner esas canciones. No tenía ningún interés en intentar convencer a nadie de lo que yo ya sabía que era brillante.

      * * *

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