El hecho inesperado. Mercedes Montero Díaz
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Y lo cierto es que llegó a ver todo eso. González Guzmán murió en 1998. Para entonces las mujeres del Opus Dei estaban en los cinco continentes desarrollando todo tipo de profesiones, iniciativas sociales y de evangelización en todos los ambientes. Ella misma había estado en Italia, Estados Unidos, Canadá e Inglaterra.
Encarnación Ortega, la otra asistente, jamás olvidó aquellas palabras y en 1975, cuando muchas de las cosas que Escrivá les propuso ya eran una realidad, recordaba con detalle:
Sobre la mesa extendió un cuadro que exponía las distintas labores que la Sección femenina del Opus Dei iba a realizar en el mundo. Sólo el hecho de seguir al Padre, que nos las explicaba con viveza, casi producía sensación de vértigo: granjas para campesinas; distintas casas de capacitación profesional para la mujer; residencias de universitarias; actividades de la moda; casas de maternidad en distintas ciudades del mundo; bibliotecas circulantes que harían llegar lectura sana y formativa hasta los pueblos más remotos; librerías... Y, como lo más importante, el apostolado personal de cada una de las asociadas, que no se puede registrar ni medir[46].
Puede considerarse que la actividad de estas mujeres fue un trabajo pionero, puesto que se lanzaron con fe y valentía a hacer realidad un mensaje que en esos años chocaba con la mentalidad del momento. Una vez que Escrivá comprobó que las mujeres habían asumido lo esencial del mensaje, las dejó actuar con autonomía, dando rienda suelta a su creatividad y, a la vez, estando cerca para ayudarles a sacar experiencias.
Aunque ya fuera de nuestro marco cronológico, las ideas de José María Escrivá sobre el papel de la mujer quedan expresadas en la entrevista concedida a la revista Telva en 1968. Siempre apostó por el liderazgo femenino en el hogar, convencido de su mayor capacidad para crear un entorno familiar, agradable y formativo. También veía necesaria la contribución de la mujer a la sociedad entera a través de una participación política y social más activa. «Una sociedad moderna democrática ha de reconocer a la mujer su derecho a tomar parte activa en la vida pública y crear condiciones favorables para que ejerciten ese derecho tantas como lo deseen». Señalaba que, si la atención de la mujer debía centrarse en el marido y los hijos, de la misma manera debía centrarse el marido en la mujer y los hijos[47].
Es importante traer a colación estas últimas ideas porque señalan un aspecto del mensaje del Opus Dei que el fundador fue madurando con el tiempo y que tiene que ver con su visión de la Obra como una familia. Me parece conveniente detenerme a explicar el origen de lo que se conoce como la Administración (ver Glosario), algo que va más allá de la gestión doméstica de una casa, pues tiene la misión de hacer familia.
Nacimiento y desarrollo de la Administración de los centros
En 1935 Escrivá había escrito que un centro «no es colegio, ni convento, ni cuartel, ni asilo, ni pensión: es familia»[48]. Cuando escribió estas palabras, la única casa que existía era una residencia universitaria masculina, la Academia-Residencia DYA, que había abierto sus puertas en octubre de 1934[49]. Para José María Escrivá un ambiente de familia era un ámbito particularmente propicio para el desarrollo de la personalidad[50]. Si bien en la sociedad de esos años, como se ha visto, la creación de un hogar descansaba sobre todo en la mujer, el fundador no pensó en las mujeres que ya eran del Opus Dei como protagonistas de ese ambiente, ni aparece entre las ocupaciones y apostolados femeninos que empezó a diseñar en sus Apuntes íntimos, a partir de 1930.
De hecho, organizó la gestión doméstica de la residencia sin contar con las mujeres. Pronto se dio cuenta que no era suficiente que las relaciones entre los miembros del Opus Dei tuvieran un carácter fraternal, sino que el ambiente de la casa —a través del orden, la limpieza, la decoración, la alimentación—, debía transmitir también ese tono familiar. En la residencia DYA había cubierto las tareas de limpieza, cocina o lavandería contratando personal masculino que trabajaba bajo la dirección de uno de los miembros de la Obra, que recibía el cargo de Administrador general. El número fue variable, pero llegaron a tener tres criados, un botones y una cocinera. Sin embargo, la experiencia no había resultado positiva. Eran frecuentes las advertencias de José María Escrivá sobre el ambiente de la residencia y la necesidad de cuidar los detalles pequeños de orden y limpieza para que aquello fuera un hogar[51].
El mismo Escrivá y algunos miembros del Opus Dei no tenían inconveniente en ocuparse de la limpieza, hacer las camas y recoger la cocina, en las temporadas en que carecían de personal doméstico. De hecho, llegaron a repartirse algunas tareas como la confección de menús, el abastecimiento y preparación de los desayunos. Para muchos de ellos eran trabajos que nunca habían hecho, puesto que, como ya se ha visto, en la sociedad de entonces no se contemplaba la idea de que los hombres se implicaran en el cuidado de la casa. José María Escrivá les enseñó a valorar esos trabajos domésticos y les insistía en la importancia de hacerlos con perfección, de manera que se convirtieran en un medio para crecer en virtudes y realizar un trabajo que ofrecer a Dios[52]. Fueron lecciones que no olvidarían nunca. Por ejemplo, Julia Bustillo, que empezó a trabajar en la casa de la calle Correo en Bilbao en 1945, quedó sorprendida de que estuviera tan ordenada y limpia. Allí vivía un pequeño grupo de chicos del Opus Dei que contrató a Bustillo como cocinera y para que se hiciera cargo de las tareas de la casa. «Al principio —recordaba— yo no tenía sitio para dormir allí y me iba a casa de mi familia: les dejaba aún cenando, y a la mañana siguiente me encontraba la vajilla limpia y recogida. Muchas veces me ayudaban a poner la mesa»[53].
Y, sin embargo, el fundador se daba cuenta de que no bastaba con el orden, la limpieza y tener las necesidades básicas cubiertas para que ese ambiente de familia fuera una realidad. Desde 1937, durante su confinamiento en la Legación de Honduras, le daba vueltas para encontrar la solución más adecuada. Algo empezó a entrever al observar cómo su madre y su hermana se ocupaban de los chicos que aparecían por su casa de la calle Caracas. Su madre les hacía sentirse acogidos y queridos[54]. Quizá esa idea era la que le rondaba la cabeza, ya en Burgos, cuando escribía a Amparo Rodríguez Casado: «No te olvides de rogar al Señor que, si es su voluntad, se sirva de conservar la vida de la Abuela, porque la necesitamos por unos años para trabajar por Él»[55].
Una vez acabó la guerra y Escrivá pudo volver a Madrid, instaló provisionalmente a su familia en la casa rectoral del Patronato de Santa Isabel. Es posible que el modo como Dolores Albás acogía a los que llegaban de los permisos militares o a las mujeres del Opus Dei que también acudían por allí —Dolores Fisac y Amparo Rodríguez Casado— acentuara su idea del papel de las mujeres para hacer de una casa, un hogar, un punto de referencia al que volver[56]. Percibió un don femenino para convertir un inmueble donde vivían un grupo de personas en un hogar, independientemente de quien se ocupase de los trabajos manuales o domésticos. Y así fue fraguando la idea de otorgar a la mujer un papel de liderazgo en el trabajo de hacer familia en los centros del Opus Dei y que, a la vez, se beneficiaran de ese ambiente las personas que participaran de las actividades apostólicas.
El 6 de julio de 1939 se firmó el contrato de una casa para residencia universitaria masculina en la calle Jenner. El tercer piso quedaba reservado para Dolores Albás y sus hijos, Carmen y Santiago[57]. Ambas mujeres, madre e hija, aceptaron el reto que suponía crear un hogar en una residencia con las limitaciones y carencias propias de la posguerra española[58]. Su misión no era solo la coordinación de los trabajos que conllevaba la atención doméstica del centro sino también la de capacitar a las mujeres de la Obra que, a partir de 1940, empezaron a reunirse en esa zona más independiente. Además, contrataron a una cocinera y algunas empleadas de hogar[59].
Esta tarea específica de conseguir ese ambiente de familia constituía una prioridad para que el Opus Dei respondiera a lo que Escrivá consideraba era su carisma fundacional. Además, suponía un trabajo con un valor trascendente en sí mismo por su papel en la santificación de las personas. Por eso, transmitió a estas primeras mujeres que, con su dedicación a las tareas domésticas, contribuían a la creación de verdaderos hogares de familia y,