Mañana no estás. Lee Child

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Mañana no estás - Lee Child

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hora equivocada para un atentado suicida, también era una hora rara para que Susan Mark estuviera yendo a encontrarse con alguien y entregarle información. Así que me detuve un rato en los expendedores de periódicos en la puerta de un deli y hojeé los tabloides. Encontré bien al fondo del Daily News lo que estaba esperando a medias. La noche anterior el peaje de Nueva Jersey dirección norte había estado cerrado durante cuatro horas. Un accidente con un camión cisterna, con neblina. Un derrame de ácido. Múltiples víctimas.

      Me imaginé a Susan Mark atrapada en la autopista entre salidas. Un atasco de cuatro horas. Un retraso de cuatro horas. Desconfianza. Tensión creciente. Ninguna manera de ir hacia delante, ninguna manera de ir hacia atrás. La espada y la pared. El reloj, haciendo tictac. El tiempo límite, acercándose. El tiempo límite, ya excedido. Amenazas y sanciones y penalidades, ahora creyéndolas en marcha y operativas. La línea 6 a mí me había parecido rápida. Ella debe de haberla sentido horriblemente lenta. Usted la llevó al límite. Quizás fuera así, pero no había necesitado mucho empuje.

      Coloqué un poco los periódicos para que estuvieran de nuevo en una condición vendible y retomé mi paseo. Supuse que el tipo con la americana rota habría ido a casa a cambiarse, pero los otros tres estarían cerca. Me habrían visto entrar a la cafetería y me habrían ido a buscar cuando salí. No los podía ver en la calle, pero realmente no los estaba buscando. No tiene sentido buscar algo cuando estás seguro de que está ahí.

      En otros tiempos la Octava Avenida había sido una calle peligrosa. Las luces de la calle rotas, terrenos baldíos, locales con las persianas bajas, crack, prostitutas, ladrones. Yo había visto ahí todo tipo de cosas. Personalmente nunca me habían atacado. Lo cual no era muy sorprendente. Para hacer de mí una víctima potencial, la población mundial tendría que reducirse hasta quedar solo dos. Yo y el ladrón, y habría ganado yo. Ahora la Octava era tan segura como cualquier otro lado. Vibraba de actividad comercial y había gente por todas partes. Así que no me importaba exactamente dónde me abordaran los tres tipos. No hice ningún intento de llevarlos a un lugar de mi elección. Solo anduve. Su decisión. El día estaba en su tránsito de cálido a caluroso y los olores de las aceras se iban elevando a mi alrededor, como un calendario tosco: la basura apesta en verano y en invierno no.

      Me abordaron una calle al sur del Madison Square Garden y del gran edificio del viejo Correos. Una construcción en una parcela de una esquina desviaba a los peatones por un estrecho carril vallado junto a la acera. Avancé un metro por esa pasarela y uno se puso delante de mí y uno detrás y el líder se puso a mi lado. Movimientos limpios. El líder dijo:

      —Estamos preparados para olvidar lo de la americana.

      —Está muy bien —dije—. Porque yo ya lo olvidé.

      —Pero necesitamos saber si tienes algo que nos pertenece.

      —¿Que os pertenece?

      —Que le pertenece a nuestro jefe.

      —¿Quiénes sois?

      —Te di nuestra tarjeta.

      —Y al principio me impresionó mucho. Parecía una obra de arte, aritméticamente. Hay más de tres millones de combinaciones posibles para un número de teléfono de siete dígitos. Pero no elegisteis al azar. Elegisteis uno que sabíais que no estaba en servicio. Imagino que eso no es fácil de hacer. Así que me impresionó. Pero después pensé que de hecho eso es imposible de hacer, dada la población de Manhattan. Alguien muere o se muda, su número se recicla muy rápido. Así que entonces supuse que teníais acceso a una lista de números que nunca funcionan. Las compañías telefónicas tienen algunos, para cuando un número aparece en el cine o en la televisión. No se pueden usar números de verdad para eso, porque podrían empezar a molestar a los clientes con llamadas. Así que después supuse que conocéis gente en el negocio del cine y la televisión. Probablemente porque la mayor parte de la semana os contratan como guardias de seguridad privada para trabajar en la puerta de algún local cuando hay un espectáculo en la ciudad. De modo que lo más cerca que estáis de la acción es cuando tenéis que espantar a algún cazador de autógrafos. Lo cual debe ser una decepción para tipos como vosotros. Estoy seguro de que teníais algo mejor en mente cuando os metisteis en el negocio. Y peor, eso implica una cierta erosión de las capacidades, debido a la falta de práctica. Así que ahora me preocupáis todavía menos de lo que me preocupabais antes. Así que en conjunto diría que la tarjeta fue un error, en términos de gestión de imagen.

      —¿Te podemos invitar a un café? —dijo el tipo.

      Nunca digo que no a un café, pero ya había estado mucho rato sentado, así que acepté solo café para llevar. Podíamos beber el café y hablar mientras andábamos. Paramos en el siguiente Starbucks que vimos, que como en la mayoría de las ciudades estaba a medio bloque de distancia. Pasé por alto todos los cafés sofisticados y pedí un café de filtro americano de la casa, grande, negro, sin margen para crema. Mi pedido estándar, en Starbucks. Un buen grano, en mi opinión. No es que me importe realmente. Para mí lo único que importa es la cafeína, no el sabor.

      Salimos y seguimos por la Octava. Pero cuatro personas formaban un grupo incómodo para una conversación móvil y el tráfico era ruidoso, así que terminamos diez metros hacia el interior de una calle transversal, estáticos, conmigo en la sombra, apoyado en una baranda, y los otros tres al sol enfrente de mí e inclinados hacia mí como si tuviesen que marcar algunos puntos. A nuestros pies de una bolsa de basura rota brotaban sobre la acera animadas secciones del diario del domingo. El tipo que hablaba dijo:

      —Nos estás subestimando seriamente, no es que queramos empezar a ver quién mea más lejos.

      —Vale —dije.

      —Eres exmilitar, ¿no?

      —Ejército —dije.

      —Todavía tienes el porte.

      —Vosotros también. ¿Fuerzas Especiales?

      —No. No llegamos hasta ahí.

      Sonreí. Un hombre honesto.

      El tipo dijo:

      —Nos contrataron como sección local para una operación temporal. La mujer muerta llevaba un objeto de valor. Está en nuestras manos recuperarlo.

      —¿Qué objeto? ¿Qué valor?

      —Información.

      —No les puedo ayudar —dije.

      —Nuestro jefe estaba esperando unos datos en soporte digital, en un chip de ordenador, como una memoria externa USB. Nosotros le dijimos que no, que eso es demasiado difícil de sacar del Pentágono. Dijimos que tendría que ser verbal. En plan leer y memorizar.

      No dije nada. Volví a pensar en Susan Mark en el metro. El balbuceo. Quizás no estaba ensayando súplicas o justificaciones o amenazas o argumentos. Quizás estaba repasando los detalles que se suponía que tenía que entregar, una y otra vez, así no se los olvidaba o los confundía a causa de su estrés y su pánico. Aprendiendo por repetición. Y diciéndose a sí misma: estoy obedeciendo, estoy obedeciendo, estoy obedeciendo. Tranquilizándose a sí misma. Esperando que todo terminara bien.

      —¿Quién es vuestro jefe? —pregunté.

      —No lo podemos decir.

      —¿Con qué la presionaba?

      —No lo sabemos. No lo

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