Mal que sí dura cien años. Rodrigo Ospina Ortiz

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Mal que sí dura cien años - Rodrigo Ospina Ortiz Ciencias Humanas

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día en que la locomotora penetrara a las selvas del Caquetá, del Putumayo, del Meta, del Carare y del Magdalena, y pueda trasportar los elementos de trabajo y producción, a un precio no mayor de tres a cuatro centavos por tonelada kilométrica, y a los pasajeros por uno y medio centavo por kilómetro, veremos poblarse como por encanto las que hoy son mansiones de las fiebres, de las fieras y de la soledad.

      En ese día no veremos como se veía hasta hace poco, que el joven médico tenía que principiar a ejercer su noble y costosa profesión, ayudándola con la de boticario, semi-odontólogo, y catedrático de materias de primera enseñanza; […] Ese día veremos que el abogado no tiene que ocultar su honrosa patente de idoneidad para aceptar un modestísimo y secundario empleo privado, ni tiene que intrigar desde los claustros universitarios para conseguir un empleo oficial, ni tiene que hacerse cargo de pleitos poco honestos que repugnan a su conciencia y carácter; […] Ese día los jóvenes valerosos que no pudieron seguir sus estudios superiores por una u otra causa, y que son los más numerosos, pero que tienen alguna luz en el cerebro y algo noble en el corazón, no sufriran el horrible, el incomprendido dolor de solicitar inútilmente de puerta en puerta, de Ministerio en Ministerio, trabajo para su cuerpo, empleo para su tiempo, aliento para su moralidad, que se ve asediada por la propia necesidad, por las seducciones de los perversos, y por las tentaciones de los necios […] Ese día el hábil artesano multiplicará su clientela y no verá con pavoroso horror la falta de colocación de sus manufacturas, ni la enfermedad que lo inutiliza temporalmente, ni la suerte de su esposa y de sus hijos amenazada constantemente por la miseria […] Ese día los trabajadores de las regiones populosas, podrán abandonar transitoriamente el terruño avaro que no le da sino deficiente alimentación y disimulada esclavitud, para trasladarse con facilidad a otras regiones donde el trabajo valga y la virtud se conserve.

      Ese día, en fin, cesarán nuestras incruentas pero crueles luchas políticas, que tienen como razón primordial el anhelo de la casilla del presupuesto […] Ese día vendrá la anhelada verdad del sufragio y con ella la alternabilidad de los partidos en el poder, la emulación de ellos para hacer el bien de la Patria y su engrandecimiento.36

      Para realizar semejante transformación era ineludible tener el valor de acometerla. Los creadores de la república habían legado la independencia política, y la tarea de ahora era la conquista de la independencia económica; es decir, atravesar el territorio nacional con ferrocarriles, higienizar los puertos y las poblaciones, levantar el nivel moral, el intelectual y el económico de las masas, acortar por medio de la instrucción y del trabajo fecundo la inmensa distancia que existía entre los seres de fortuna terrenal y la carne de la desnudez, del hambre, de las enfermedades y de la ignorancia.

      Eran justamente los sucesores de la generación que va desapareciendo la que tenía que planear e iniciar esa lucha, desarrollarla y conquistar la victoria. Empero, para ello había que unir a la inteligencia, la energía y las aspiraciones, la decisión de extirpar la apatía, por una parte; y desinfectar las almas de la propensión de atribuir a ilícitos fines la laudable labor de los que se esforzaban por salvar al país del estancamiento en que yacía, por otra.

      Le insuflaba Araújo optimismo a la audiencia:

      Yo vislumbro, con irradiante luz que se acerca, la realización de los sueños de los padres de la Patria, y la vislumbro, porque en el mundo de los grandes sentimientos, hay también ondas-magnético-morales que, a semejanza de las hertzianas en el mundo físico, el tiempo y la distancia son sólo la concentración intensa de los grandes y sublimes amores!37

      Grande fue el impacto de la conferencia del ilustre maestro. El Tiempo abrió su edición del 12 de junio editorializando al respecto. Se llegaba así al ansiado puerto:

      […] así, poco a poco, merced a los esfuerzos de investigadores sinceros, del problema planteado oportuna y valerosamente por el doctor Jiménez López, va desprendiéndose la verdad de una situación grave, pero no desesperada: el avance evidente sobre lo que en el pasado fuimos no oculta la magnitud e importancia de los problemas que confrontamos hoy y lo enorme del esfuerzo que necesitamos para salir adelante, en una lucha en que la victoria será sólo el resultado de la honrada energía, de la tenacidad y de la desinteresada e intensa fe que anime a las nuevas generaciones, de las cuales depende el porvenir de la patria.38

      En la edición del 13 de junio, el periódico publicó la última parte de la conferencia. Conforme pasaban los días Jiménez López se defendía y explicaba la objetividad de sus cifras. Desde el periódico La Crónica se estableció una interesante polémica en la que tomó parte monseñor Rafael María Carrasquilla. Por su parte, el CEU continuó sus actividades. El domingo 13 de junio Facatativá estuvo de fiesta. Una orquesta amenizó el acto. Los universitarios fueron bien recibidos y se les tributaron grandes atenciones. La conferencia de Milciades Barriga fue aplaudida39. Días después, el 16 de junio, Dionisio Arango Vélez hizo una disertación titulada “Teoría de las causas que determinaron la independencia de las colonias españolas”. El conferenciante partió de las siguientes hipótesis: 1. La revolución fue un producto directo de la democracia. 2. La democracia indígena era incapaz de adquirir conceptos abstractos, y sin la capacidad conceptual, la democracia no podía realizar una revolución. 3. Por consiguiente, las causas fundamentales de la revolución americana y de la independencia fueron las mismas que determinaron la formación de una nueva raza capaz de conceptos. Arango habló de las causas biológicas y sociológicas que determinaron la Independencia, enfatizando en la importancia de la mezcla de las razas indígena y blanca y la adquisición de una capacidad mental traducida en pro de la masa encefálica y en circunvoluciones cerebrales capaces de elaborar conceptos y de formarse una idea de la libertad necesaria para reaccionar contra los sistemas de opresión y de violencia. Además, Arango expuso sobre la formación de los héroes nacionales. Dejó de lado las cualidades sobrehumanas y taumaturgas capaces de golpear las multitudes con su palabra mágica y hacer brotar en ellas —como hizo Moisés brotar agua de la roca— fuerzas anquilosadas y virtudes dormidas. Por el contrario, demostró que el héroe, más que el producto de la efervescencia revolucionaria, es un exponente donde se concentran las ambiciones, los odios, las energías, las virtudes y hasta los defectos de una raza en determinado momento histórico. El héroe no es un creador de aspiraciones y de voluntades, sino el hombre que ejecuta la voluntad colectiva por ser su mejor intérprete; el hombre que, apareciendo como conductor de un pueblo, va conducido por ese pueblo40.

      Y así se iban alternando las conferencias de uno y otro grupo. Para el 25 de junio se anunció la de Luis López de Mesa: “De la zona, de la sangre y de la nacionalidad”, la quinta en su orden convocada por la Asamblea de Estudiantes. En esta ocasión venía con una extraña nota: “A esta conferencia no se invitarán señoras”.

      Fue novedosa la temática que abordó Luis López de Mesa, de 36 años, antioqueño, de raza blanca, médico de la Universidad Nacional de Colombia. Gran lección la que se escuchó, y que contenía temas como la geografía viva, las poblaciones, la evolución social, las enfermedades, la seguridad nacional, la historia, etc. Especuló a sus anchas sobre los orígenes, las culturas y las evoluciones de las poblaciones colombianas, deteniéndose en la que mejor conocía: la antioqueña. Quedó en el ambiente la idea de que se trataba de una raza superior. Sostenía que en Antioquia en vez de clases sociales lo que había era una armoniosa gradación social y uniformidad intelectual, moral y política. Le reconocía a ese pueblo gran gusto, decidida inclinación por el cultivo intelectual, grave sentido de la personalidad y muy clara consciencia política. Lo definía como conservador y clerical por entender que esas dos fuerzas le garantizaban la paz para el trabajo, el ahorro y la tranquilidad doméstica. Afirmaba que no se había elevado aún al concepto liberal, y que en mucho tiempo no entenderían las aspiraciones socialistas, porque su sentido de responsabilidad familiar y racial

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