El Misterioso Tesoro De Roma. Juan Moisés De La Serna
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Para ello tuvimos que recaudar el dinero necesario, vendiendo blusas o periódicos y todo tipo de postres para acompañar la comida y por supuesto realizamos la fiesta de imitadores, en la que todos los que íbamos de viaje tuvimos que actuar imitando a un cantante diferente del momento, bien de forma individual o en grupo.
La idea no era hacerlo perfecto, únicamente entretener y divertir a un público entregado, que coreaba todas las canciones, lo que hacía más fácil la actuación.
La indumentaria no estaba demasiado conseguida, pues tampoco nos dedicamos mucho tiempo a prepararlo, ya que teníamos los exámenes cerca, pero eso no quitó que por un par de horas todos los asistentes se lo pasaran muy bien. Incluso entre el público hubo algún esporádico que subió al escenario en el intermedio entre actuaciones para improvisar su canción con igual éxito que el resto.
Aquel día no se hablaba de otra cosa en la facultad, nos felicitaban por los pasillos, como si fuéramos héroes encaminándose a una gloriosa epopeya que quedaría en los anales de la historia.
Algunos bromeaban sobre nuestra temeridad, por irnos antes de los exámenes finales, sin saber siquiera si terminábamos la carrera ese año o no, pero a ninguno nos importaba, expectantes de lo que esperábamos fuese una memorable aventura, como al final ocurrió por lo menos para mí.
Ya en el autobús comentábamos lo que creíamos que íbamos a encontrar, se hablaba desde el punto de vista más cultural e histórico, pasando a relatar los lugares que únicamente tenían interés turístico, hasta llegar a lo más superficial que se convirtió en el tema central del resto del camino al aeropuerto, las chicas.
Todos teníamos una imagen idealizada de aquellas preciosas criaturas, pero la opinión de uno difería con la de otro, había tantas opiniones al respecto como personas en aquel vehículo, incluso si le hubiésemos preguntado al conductor nos hubiese ilustrado con otra totalmente nueva.
El único que parecía tener una idea exacta de la realidad de nuestro destino era el jefe de la organización del viaje, ya que estuvo viviendo varios veranos en el país, aunque en el sur, en las playas y ahora lo hacíamos al centro. A pesar de que en aquel alargado país había numerosos lugares que visitar, que destacaban por una u otra característica.
Desde los viñedos del sur, junto con sus playas y esa humeante montaña siempre a punto de estallar, hasta la ciudad de la moda del norte y que tiene uno de los equipos de fútbol más reconocidos del mundo, pasando por multitud de pueblos y ciudades con tradiciones centenarias, algunos en donde se marcó el curso de la historia del país, otros que encierran una arquitectura propia o una excepcional belleza del paisaje.
Roma, nuestro destino final, descartando para ello París, Ámsterdam o Madrid como ciudades candidatas que destacaban por reunir alguna de las siguientes dos características, que tuviese cierta tradición y cultura destacada y en donde existiese un ambiente amable y juvenil.
Aunque podían haber incluido muchos otros lugares en esta lista, la verdad que sólo fueron estas cuatro posibilidades y de entre ellas quedó elegida Roma, pues ninguno menos uno lo conocíamos, mientras que el resto eran varios los que habían estado en uno u otro lugar.
Por aquel entonces no sabíamos muy bien a lo que nos íbamos a enfrentar, todo estaba concertado como viaje de grupo, los traslados, la estancia e incluso la comida y tan sólo debíamos de llevarnos unas cuantas liras, la moneda local, para comprar algún que otro recuerdo.
Para ellos, varios de nosotros cambiamos en el banco una pequeña cantidad antes de salir, aunque había quien prefería hacerlo en el aeropuerto de llegada pues esperaba que el cambio de divisas le fuese más favorable en el país de destino.
Era de esas cosas que teníamos los jóvenes que creíamos que, haciendo un poco de dinero, ahorrando al máximo en algunas pequeñas cosas, podríamos fundar el día de mañana una gran compañía.
Ahora que recuerdo varios de mis compañeros de promoción han sido altos ejecutivos de importantes empresas, incluso uno de ellos fue director del F.M.I. (Fondo Monetario Internacional), puesto al que ninguno ni soñábamos llegar a pesar de la influencia, el poder y el dinero de alguno de nuestros padres, pero de aquellos impetuosos y ambiciosos jóvenes, ¿qué queda ahora?
De vez en cuando nos reuníamos algunos de la promoción para celebrar el transcurso de las décadas desde que nos graduamos, pero de ésos, que es con quien tenía más contacto, no queda nadie.
Los años han podido con todos a pesar de las grandes fortunas que alguno llegó a acumular o de las muchas operaciones a las que se sometió más de uno, para cambiarse un bazo, hígado o incluso el corazón, tratando de remediar los excesos de su juventud, buscando engañar a la muerte, pero tarde o temprano ésta nos llega a todos, no sé por qué no me ha llegado a mí, quizás tenga todavía algo que hacer pero no sabría qué.
Bueno ahora que recuerdo, conozco a un amigo que tras gastarse su fortuna en donaciones para centros de investigación para que le buscasen una cura, para esa terrible enfermedad que es la vejez, lo único que consiguió es un solitario y frío ataúd, de un metro ochenta de largo por setenta de ancho, en un centro experimental donde conservan su cuerpo criogenizado.
Allí permanece inerte como si estuviese en un profundo sueño, en espera de que, transcurridos unos años, quizás unas décadas, la tecnología avance tanto que le consigan reanimar para concederle su tan ansiada larga vida.
Personalmente y tras haber sobrevivido a tantos y tantos, entiendo que con unos pocos años habría sido suficientes… si me hubiese percatado de lo que realmente es importante.
Tanto tiempo desperdiciado buscando y deseando, sin saber el verdadero valor de cada instante. Muchas veces he pensado en que, si tuviese una segunda oportunidad, cambiaría mucho de lo que he hecho. No es que me arrepienta pues tengo la conciencia tranquila, pero lo haría de otra forma e incluso en otro orden.
Tantos recuerdos, tantas vivencias y ahora sólo son fotos en un álbum antiguo acumulados en algún cajón, o algunas enmarcadas y colgadas en la pared a la espera de que alguien venga y me pregunte por ello.
Nunca he sido muy bueno contando historias, pues mis prisas siempre me aconsejaban que fuese al grano, omitiendo los detalles, pero ahora, aunque quisiera esos detalles ya no existen, sólo las fotos y algunas anotaciones, el resto queda como si estuviese tras en una espesa bruma de la mañana, que oculta el paisaje.
Lo que me da una extraña sensación, a veces de admiración y otras de impotencia, sabiendo que hay tesoros tras la bruma, tienes la certeza de que están ahí, pero son inaccesibles para mí.
Mi mujer, ella sí que era excepcional para recordar hasta los más pequeños detalles de cualquier viaje, reunión o conversación, era increíble la claridad con la que los narraba, era como si los tuviese delante y pudiese describirlo.
Todavía no dejo de asombrarme cuando recuerdo cómo era capaz de reconocer a personas que no había visto desde hace años y simplemente con verla sabía perfectamente quién era y de lo que había estado hablando la última vez.
Una memoria prodigiosa que la permitía aprender sobre cualquier asunto prácticamente con verlo una sola vez.
Ella me mencionaba que eso se debía a que tenía una memoria fotográfica, pero me reía diciendo que no había ninguna cámara ni incluso de las modernas que puedan grabar tantas imágenes como ella.
¡Ah,