La Gendarmería desde adentro. Sabina Frederric

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La Gendarmería desde adentro - Sabina Frederric Sociología y Política

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de la población permanecían fuera del empleo formal, muy precariamente contenidas por el beneficio estatal, y debían buscar por otros medios su sustento.

      En este contexto asistimos al crecimiento y la diversificación del despliegue de la Gendarmería en todo el territorio nacional, que la llevó a contribuir con la gestión de organizaciones o movimientos con capacidad para “alterar el orden público”. Su actuación se nutrió de la figura de los negociadores especialmente formados, quienes se ocupaban de indagar las características de las organizaciones, sus referentes y la vida en los barrios, de conversar para negociar la circulación de los vehículos, o bien intermediaban con las autoridades municipales, provinciales o nacionales para resolver el problema. Simultáneamente, para el ámbito de la CABA, el gobierno de entonces creó en 2003 un cuerpo especial en la Policía Federal –la División Operaciones Urbanas de Contención de Actividades Deportivas (Doucad)–, entrenado para “contener” sin reprimir y resistir sin reaccionar, que tenía prohibido el uso de armas letales. La negociación era una instancia fundamental para evitar la represión. Los comisarios con jurisdicción en los ministerios nacionales de Desarrollo Social y de Trabajo intermediaban entre los referentes de los manifestantes y los funcionarios nacionales encargados de atender las demandas, a fin de liberar las calles y avenidas cortadas.

      Analizar esta etapa histórica desde la perspectiva de la Gendarmería revela una vez más que las agencias estatales que gestionaron esas poblaciones en la Argentina reciente no han sido necesariamente congruentes entre sí ni tampoco hacia adentro. De este modo, los esfuerzos por reponer, suturar, expandir o recomponer el Estado benefactor estuvieron a la par del crecimiento acelerado de la fuerza militar federal que nos interesa. Las incongruencias acumuladas, sumadas a condiciones sociales imposibles de administrar por el gobierno de turno, son evidentes en la Gendarmería, no solo por la diversificación de sus despliegues y la disparidad de sus misiones, sino sobre todo por sus mutaciones, que también se expresan en el modo de vida de sus integrantes.

      Podríamos agrupar en cinco etapas el proceso de producción de datos que demandó la escritura de este libro. Algunas no tuvieron el carácter usualmente atribuido al trabajo de campo etnográfico, y aun así fueron imprescindibles para que este pudiera comenzar y seguir una trayectoria relativamente próspera. Como le ocurrió a Federico Neiburg (2017) en Haití, en algunos casos la publicidad y la exposición del conocimiento producido fue el ingrediente sustancial y en otras lo fue su ocultamiento, la reserva de información ya sea a la Gendarmería, al Ministerio de Seguridad o a la prensa. La primera etapa comenzó en 2008, cuando el libro Los usos de la fuerza pública. Debates sobre militares y policías en las ciencias sociales de la democracia (Frederic, 2008) llegó a manos de un oficial que cursaba una maestría virtual en la Universidad Nacional de Quilmes (Unqui) y estaba destinado en el Instituto Universitario de Gendarmería Nacional Argentina (Iugna). El Iugna se presentaba por primera vez a evaluación de la Coneau y, a través de ese contacto, me pidieron que diseñara el área de investigaciones aún en ciernes. Me propusieron que quedara como secretaria de investigación, pero no acepté; aun así, mi relación con algunos de esos oficiales, que luego fueron destinados a otras áreas de la Gendarmería, perduró en el tiempo.

      La tercera etapa estuvo marcada por mi interés en conocer la “frontera”, ese ambiente operacional que los gendarmes reclamaban como su lugar en el mundo y donde desarrollaban las tareas que ellos habían elegido como “Centinelas de la Patria”. En 2013, dando continuidad a los convenios iniciados entre Seguridad y la Unqui, viajé en dos oportunidades a Orán y Aguas Blancas (provincia de Salta), sobre la frontera con Bolivia, para conocer la vida operacional y educativa en el escuadrón y sus secciones. Durante mi segunda estadía, nuestros estudios etnográficos sobre el accionar de la fuerza continuaban siendo de interés para las nuevas autoridades civiles y sobre todo para los gendarmes. Para entonces el nuevo director de Personal había lanzado una convocatoria para incorporar antropólogos a la Gendarmería, que ya contaba con dos en el Iugna. Quería ampliar esa participación a otras funciones. Cuando me consultaron sobre su interés y las dificultades, les expliqué que la idea de ser asimilados al estado militar desalentaba a la inmensa mayoría de mis colegas.

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