Los libertadores. Gerardo López Laguna

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Los libertadores - Gerardo López Laguna Novela

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arriba, se acercó a la trampilla y arrojó el cadáver por ella...

      Los siete sauriones se abalanzaron sobre el cuerpo. Sus poderosas mandíbulas entraron en acción y comenzaron a despedazarlo. Los huesos se quebraban produciendo ruidos espantosos... Incluso el cráneo fue pulverizado por las fauces de uno de los sauriones.

      Los prisioneros se acurrucaban entre ellos aún más. Muchos volvían la cabeza horrorizados; otros contemplaban la escena como hipnotizados. Algunos cerraban los ojos. Bo cerró los ojos y agachó la cabeza. Hacía nada de tiempo que estaba pescando con Iván. Todo transcurría como otras veces. Había alegría en esa comunidad. Cierto que también habían sufrido, pero esto era totalmente diferente. En un abrir y cerrar de ojos se había encontrado inmerso en un mundo que no conocía... Aquellas vestiduras, las armas, los animales, los gritos y golpes, la crueldad... Bo estaba confuso. Rezaba. Como destellos aparecían en su mente fragmentos de las muchas conversaciones que Don Ángelo había tenido con ellos. El sacerdote no quería que se encerraran de modo egoísta en su tranquila comunidad. Procuraba que los muchachos no conocieran la rutina ni el aburrimiento mediante una sabia pedagogía que armonizaba la vida interior, la gratitud a Dios, con el trabajo duro y toda clase de experiencias en el entorno natural en el que vivían. Experiencias que a menudo eran arriesgadas físicamente.

      También la formación que les daba era fundamental. Les enseñaba de todo. Y en ese todo, Don Ángelo había incidido siempre en intentar mostrarles que la vida era un verdadero combate por el amor, que su universo no acababa en la comunidad, en La Casa, ni en los amigos del vecino Aduar, ni en los personajes de paso que eventualmente habían conocido. Había un mundo fuera, lleno de sufrimientos provocados por los hombres, de injusticias. Como siempre. Un mundo lleno de gente a la que amar. Buenos o malos, todos podían ser amados...

      Bo lo estaba experimentando de golpe y de un modo atroz. Rezaba con intensidad, rezaba con el recuerdo de las palabras de Don Ángelo. Recordaba lo que les contaba de muchos santos que habían vivido situaciones parecidas a la que ahora estaba viviendo él...

      Bo se sobresaltó una vez más. Con los ojos cerrados, sumido en ese otro mundo real mientras oía el ruido infernal de los sauriones al despedazar a aquel hombre, no vio al joven soldado desplomado al lado de la jaula de los prisioneros. Tras bajar del techo de la otra jaula oyó la voz imperiosa de Braco:

      -¡Tú! ¡Ven aquí!

      El soldado se puso delante de su jefe y éste, de improviso, le golpeó en la cara con el dorso de la mano derecha cerrada. El revés fue brutal; el joven cayó al suelo mientras de su nariz y sus labios brotaba sangre... El sargento, a un lado, sonreía maliciosamente.

      -¡Levántate! -le gritó Braco- ¡Pedazo de imbécil!, ¿por qué has disparado? ¿no sabes que has podido ahuyentar las piezas?

      El soldado se levantó. No había temor en su cara. Sostenía con dureza la mirada de Braco cuando éste le volvió a gritar:

      -¡Ven conmigo!

      Y, situándose detrás de él, le empujó por la espalda. Braco llevó al muchacho a presencia del Sire. En otras circunstancias éste le hubiera matado allí, en ese instante, pero del mismo modo que ahora escaseaban las piezas, también tenían dificultades para encontrar mercenarios... y más con la fortaleza de ese soldado. Esto es lo que frenó al Sire.

      -¿Por qué has disparado? -no esperó contestación porque no quería oírla- Si esto tiene consecuencias, si me haces perder dinero, te despellejo... ¡Braco!, que le den veinte palos... pero no le rompáis nada. No nos sobran los hombres... Y tú... más tarde hablaremos de tu paga.

      El chico aguantó los veinte golpes que le propinaron dos de sus compañeros con una vara. Su espalda sangraba. Después le dieron su ropa y su arma. El Sire miraba desde cierta distancia. Inmediatamente gritó:

      -¡Bueno, basta de tonterías! Nos vamos. Braco, ayúdame a montar.

      El camión se puso en marcha y la comitiva continuó con el mismo orden con el que habían llegado hasta ese lugar.

      Tonino venía jadeando con el rollo de la cinta roja en la mano. Don Ángelo le hizo señas con la mano para que no corriera:

      -Tranquilo, tranquilo, Tonino. Perdona por haberte hecho correr. Lo siento. Vámonos todos a mi choza... dejad las azadas aquí mismo.

      Los muchachos seguían silenciosos. Depositaron las herramientas en el suelo y caminaron detrás de Don Ángelo. En ese momento oyeron un estampido lejano. Los chicos nunca habían oído nada igual. Claro está que conocían los enormes estampidos que producía la naturaleza; habían escuchado muchas veces el poderoso sonido de los truenos. Pero esto no era igual. Después de todo lo que acababan de oír no pudieron dejar de relacionar ese ruido extraño con los recientes sucesos. Levantaron la cabeza al unísono, preocupados. Don Ángelo sí sabía de qué se trataba. Apretó los dientes y sin volver la vista atrás dijo:

      -¡Vamos, deprisa!

      Llegaron a la choza y Don Ángelo les pidió que se sentaran; ellos se fueron instalando en el suelo. Antes de que hubieran terminado de acomodarse, Don Ángelo, sin dirigirse a ninguno en especial, dijo:

      -Por favor, que alguno de vosotros avise a los demás, que dejen lo que están haciendo y que traigan a los niños... Quiero que estéis todos.

      Silas, que estaba a punto de sentarse junto a la puerta de la choza, se incorporó de un salto y salió a buscar a los otros. Primero corrió hacia la despensa; allí estaban Ismael y Sabá. Tal como les había indicado Don Ángelo, habían cogido los petates y ahora estaban afanados en llenarlos como se les había enseñado para casos de emergencia. Todavía no sabían que esta iba a ser una emergencia definitiva. Silas se asomó a la puerta de la cabaña almacén y les gritó:

      -¡Don Ángelo quiere que vengáis a su choza! Luego terminaremos esto entre todos.

      Los dos chicos obedecieron de inmediato mientras Silas emprendía la carrera de nuevo, esta vez en busca de los niños y los dos compañeros que los custodiaban. Los seis pequeños ya estaban calzados con sus sandalias. Parecían alegres, aunque los más mayores, un niño y una niña que eran mellizos y que tenían diez años, miraban estas idas y venidas y esta ruptura brusca de su ritmo diario con algún recelo en la mirada.

      Silas advirtió a Raquel y a Tasunka de que tenían que ir a la choza de Don Ángelo, donde estaban todos, y de que trajeran a los niños.

      Cuando Silas apareció por la entrada de la choza, Don Ángelo levantó la cabeza de la mesa. Habían pasado sólo unos minutos pero no habían perdido el tiempo: Tonino estaba al lado de Don Ángelo y éste había extendido el rollo sobre la superficie de la mesa.

      El sacerdote se dirigió otra vez a Silas y a Raquel, que estaba justo detrás de su compañero:

      -Entrad. Decidle a Tasunka que los niños se sienten fuera, al lado de la puerta, y que él se siente ahí, en la entrada. Así puede vigilar a los niños y escucharnos a nosotros.

      Ya estaban todos... todos, menos Bo. Los niños se sentaron: los hermanos Voilov y Marinova, Tosawi, Sara y los dos más pequeños, Francesco, que tenía seis años, y José, de sólo cinco.

      Al lado de Don Ángelo seguía en pie Tonino, Tasunka en la puerta y sentados como podían en el breve espacio libre que tenía la choza, los demás: Picolino, Iván, Raquel, Silas, Ismael, Sabá, Goran, Miriam, Doménico, Rodín, Edita, Baruc, Magdi, Mikel, Kizito, Lí, y el mayor de todos, Yuri, que ya tenía dieciséis años...

      Tres

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